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¡Zas! Madrid | December 14, 2018

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Zapata entre dos vértigos - ¡Zas! Madrid

Zapata entre dos vértigos
Javier Quevedo

Sobre Luz de tormenta, de Ángel Zapata

«Tengo para mí que Luz de Tormenta y el anterior libro de Zapata, Materia oscura, son dos de los más hermosos libros de poesía que verá el siglo»

No sé qué sienten los demás cuando leen a Zapata. Yo siento vértigo, el mismo vértigo que cuando leía a Rimbaud de adolescente, el que produce la poesía cuando sale del cráter en forma de lava, antes de solidificarse. Es decir, que me siento caer y encima me río, la risa nerviosa del niño que gira en el aire cogido de los brazos del adulto de turno. Sólo que aquí no hay brazos ni mucho menos adulto.

Cada vez siento menos vértigo cuando leo, aunque todavía lo tengo con alguna improvisación de jazz, la libertad que no pierde la medida ni jamás se equivoca, aunque no haya regla a la vista. Sólo podía salir así, decimos cuando termina; aunque si hubiera salido de cualquier otra forma, habríamos dicho lo mismo.

¿Hay truco en la improvisación de jazz, que es la de Zapata? Claro que lo hay, a la libertad se la pilla en un descuido, pero para eso hace falta método, tal como lo definió Bataille: «Método significa violencia hecha a los hábitos de relajación». Y la parte cosmética del arte impone su peaje. «Nadie sabe cuánta tristeza ha hecho falta para resucitar Cartago», dijo Flaubert después de Salambó, pero no tenía ni que haberlo dicho; se sobreentiende, y además da igual, al lector por lo menos. Por suerte, el pasado personal, ese ombligo sucio que hace tan aburridos tantos libros de poesía, aquí no comparece, como nos avisan en “Vertientes”: «Ha odiado y odia la memoria y su prestigio lúgubre».

Este es el libro menos lúgubre que cabe encontrar. Zapata hace literatura en gravedad cero que ni los más ágiles podrían remedar a ras de tierra. Lo que hacemos los demás es escritura sublunar, de terrícolas abrumados. Lo suyo es otra cosa: música de las esferas. Zapata, que ha estudiado a Aristóteles, sabe lo que eso significa. Significa que las palabras se hablan a sí mismas, el lenguaje se dice él solo, y el autor no pinta nada, es sólo un hombre de paja puesto ahí para engañar a Hacienda. Ahora, que nadie se confunda; esa música no tiene nada de angelical. Es pura “música degenerada” (Entartete Musik) como la que jodía a los nazis de antes y también a los de ahora. La música que apetece escuchar en una época tan nazi como la nuestra. Si hay algo que un nazi no soporta es que una ballena se convierta en una pirámide o que en la cabeza de los bibliotecarios aniden cigüeñas y aguzanieves, como sucede en “La sopa primigenia”. Sé de lo que hablo porque soy bibliotecario con nidos de cigüeña.

El plan de Zapata está claro. Lo expone en “Puerta cerrada”: «Habría que acabar con la dureza» y «caer, caer al fin, caer interminablemente en el vacío en que nos apoyábamos». Es un plan de demolición que se cumple al pie de la letra. Pero hablar de plan es engañoso. Aquí no se planifica nada. Las conjunciones y acoplamientos son todos fortuitos y efímeros (¿qué puede durar el polvo de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección?). La necesidad ha quedado al otro lado del espejo. A este lado, ni siquiera Alicia es Alicia por mucho tiempo, enseguida se convierte en la Quinta vía de Santo Tomás (¡la Quinta nada menos, que declara que no hay azar en el mundo!), y al poco, en el temblor nupcial de las encrucijadas, como en esa belleza de “Astrolabio”. Seguramente hay una lógica en todo esto, pero mejor no averiguarla; es decir, aunque pudiéramos no querríamos averiguarla. Lo importante es saber que somos anfibios, que podemos transitar de una a otra parte del espejo, aunque muy pocos, como Zapata, se atrevan a transitarlo, y lo haga como quien salta, estilo Fosbury, la valla de Melilla sin rozar una concertina.

Luz de tormenta demuestra además que el materialismo oscuro también puede ser luminoso y reflexivo a su manera, la manera en que reflexionarían las piedras, los mediodías y la curvatura del horizonte si todo eso reflexionara, que no sabemos si lo hacen. Algún día todos recapacitaremos como se hace en “La savia oculta”. O repárese, por ejemplo, en esta impecable refutación de Hegel de “La paloma y el fénix”: «Donde otros han hablado del “curso” de la Historia, yo sólo veo un búcaro con crisantemos, el mismo siempre, y varias fases de la Putrefacción».

Pero lo que escribe Zapata no es para comprender, sino para aprender de memoria y tararear después como una canción. Sólo entonces empieza a surtir efecto. Este es un libro lleno de bellezas, como se decía de los concursos de mises. Eso es inevitable; hay gente que hasta cuando insulta al árbitro hace música, aunque no quiera, y Zapata tiene que pechar con su oído infalible, con lo buen poeta que es. Por ejemplo, toda la sección III, que es prodigiosa. Por ejemplo, “La vida perdurable”, “Nocturno”, “Vigilia” («La herida abierta de las tempestades late sobre la tierra renacida»), por ejemplo la sección II, en cuyo árbol genealógico está subido el Odradrek kafkiano.

Hay libros que se editan en papel y otros que se deberían editar en piedra, como los de los Picapiedra, para que duren más. Hay que ponerse pomposo para decir ciertas cosas porque si no, luego, la gente no se las cree: tengo para mí que éste y el anterior libro de Zapata, Materia oscura, son dos de los más hermosos libros de poesía que verá el siglo, si no se arranca antes los ojos.
He dicho.

El escritor Ángel Zapata, autor de 'Luz de tormenta'.

El escritor Ángel Zapata, autor de ‘Luz de tormenta’.

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