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¡Zas! Madrid | December 14, 2018

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La palabra del tiempo sin fecha: sobre 'Objetos frágiles', libro de relatos de Inés Mendoza - ¡Zas! Madrid

La palabra del tiempo sin fecha: sobre ‘Objetos frágiles’, libro de relatos de Inés Mendoza
Tere Susmozas

«Para ver un mundo en un grano de arena
y un paraíso en una flor silvestre,
sostén el infinito en la palma de la mano
y la eternidad en una hora».
William Blake

Objetos frágiles, de la escritora Inés Mendoza, es un libro de relatos para lectores predispuestos al asombro, que no retroceden ante los múltiples hallazgos que arrojan sus páginas. Cada uno de los dieciocho cuentos son como olas de un mismo océano, olas concéntricas de un lenguaje evocador, atmósferas un tanto crepusculares que cautivan, magnetizan, envuelven. Y en cuyas páginas encontramos ecos de Novalis, Hölderlin o Hoffmann, entre otros, conectando así con la tradición del Romanticismo, en lo que, a su vez, supone una evolución y ruptura con el mismo, pero siempre en comunión con ese tipo de literatura que transciende, traspasando las barreras de una época y sus modas, y que no deja indiferente a nadie.

Dividido en tres secciones: Ritual de las manos, Guantes amarillos y El impuro cabello, la tormenta —lo que vendría a ser sueño, hundimiento y ceremonia del resurgir— encontramos en cada una de ellas cuentos y microrrelatos en los que destacan, como temas principales, el transcurrir cíclico del tiempo, el caos y la amistad, en una exploración de los dominios subterráneos de lo visionario y de la ensoñación, haciendo de la nostalgia del pasado toda una estética. Entendiendo ese pasado como la semilla originaria del tiempo que germina, crece y se agota, muriendo para renacer de nuevo.

Metáfora de ese tiempo que reaparece y nos espera al final de cada ciclo, ofreciéndonos el futuro como una doble imagen —el fin de un tiempo y su recomienzo— es el antiguo velero transformado en un macetero de jardín del relato “Nostalgia del velero”, cuento que abre el libro y que supone toda una crítica a la sociedad burguesa y sus valores. Y que nos muestra ese pasado atemporal que transcurre y está sujeto a cambio.

Porque una de las características principales de los personajes de estos cuentos, es que anhelan evadirse del tiempo. Es ese deseo de trascender el presente, lo que los impulsa a la búsqueda apasionada de un centro, de una vida verdadera, como sucede en “Ciudades pérdidas”, uno de los relatos más bellos del libro. En él su protagonista busca una ciudad utópica, frágil por ser de arena, viva en un espacio que fluye lentamente en una visión interior, en un tiempo sin fecha, desde donde tiende un puente que va desde el presente y sus coordenadas de insatisfacción, hasta la vida que sueña. Ese deseo de evadir el presente aparece también en “Petit place de gare”, un relato de atmósfera onírica cuya historia transcurre en una estación de tren abandonada. Son sus personajes seres ensimismados hasta el punto de parecer sonámbulos, cuyos ojos no comunican nada quizá porque se miran a sí mismos o miran a otro tiempo. En él, la protagonista observa en lo alto de la torre de la estación el devenir de la misma, entrelazando un pasado que sueña bullicioso y lleno de color, con el presente desolador del abandono.

Pero no es esta centinela de una estación solitaria el único personaje de Objetos frágiles que mira al mundo desde la altura. Los hay que observan en la cima de un acantilado, desde una ventana, un faro o algún balcón. Metáfora de ese lugar infranqueable dónde no hay nadie más que uno mismo. Dónde se encuentran solos, asomados al espectáculo del océano universal que representa el doble mar del tiempo y del espacio. Esto sucede en el relato “Arcontes”. En él, un anciano aguarda desde su balcón de vidrio el ataque que aniquilará su ciudad, para bajar y sumergirse en ese paisaje de convulsión, en el caos de un mundo que agoniza y nunca termina de morir: «Siempre había soñado con sumergirme en el fondo del caos y ahora por fin podría recordar los sonidos nuevos que habitan el tiempo y fundirme con el espíritu del mundo, hasta morir y renacer, si fuera posible, en otra vida y otra muerte indómitas». Símbolo del caos que habita en la eternidad es también la ciudad-baluarte con forma de rosa del bellísimo cuento “Estado de sitio”; ciudad que es asediada noche tras noche, en un tiempo vivo que no se agota. Y que el mundo no es un solo un mecanismo, sino una inmensidad agitada por la fuerza ciega de lo imprevisible, lo saben bien los protagonistas de “Morh, la que huye de la luz”, en el que destaca la exaltación de la naturaleza —un rasgo muy romántico— representada por el asedio de torrentes de luz bajo el que vive una comunidad de isleños. Tempestades luminosas en las que se les incendian los ojos mientras se cogen de las manos, lejos del lugar de reposo que, a priori, podría parecer su isla.

Hemos hablado de tiempo cíclico, de caos. Pero este asomarse en solitario a la extensión sombría del mundo, llevado a lo existencial, nos deja también un profundo sentimiento de orfandad. El mismo que sienten los niños del microrrelato “Correspondencias” que lloran, quizá, no sólo porque están muertos, sino porque han descubierto algo más aterrador, que están solos. Como solitario es también el protagonista del relato “Hopperiana”, uno de los más destacables del libro. Si en los relatos mencionados aparecía la arquitectura del hierro de una estación de tren abandonada, o la fugaz arquitectura de arena de una ciudad quimérica, en este relato se nos muestra una arquitectura de luces y sombras, el escenario urbano de una metrópoli inmersa en el silencio. Espacio real, y también metafísico, en el que su protagonista se encuentra persiguiendo una sombra, sin saber por qué ha viajado hasta allí. Metáfora de cómo una gota de nada en el ser revela la existencia vacía.

Transmite también un sentimiento inaprensible el paisaje del relato “Epifanía del enemigo”, con su protagonista asomada al mundo desde la cima de un acantilado, esperando a su enemigo o más bien a su propia sombra. De la alteridad, de cómo en ella nos encontramos, fundiéndonos con ese otro que inventamos (nuestro reflejo) y del que nos apresuramos a huir, corriendo otra vez en busca de nosotros mismos, pero siempre a la zaga de nuestra sombra, habla el relato “En el faro”. En él se narra la historia de amistad de dos mujeres, renovada a través de los años, siempre resistente a las vacilaciones de la vida. Y si vale la pena la amistad «la voluble felicidad de aquello que nos envuelve y que también nos abandona», se lo pregunta el protagonista del microcuento “Despedidas”, marcando así otro de los grandes temas que abarca el libro, para culminar con “Todo lo sólido”, relato que cierra el volumen, en el que el cuerpo y sus pasiones ocupan un lugar cardinal. De un erotismo explícito, aquí Inés Mendoza usa el lenguaje del cuerpo, que no es otro que el lenguaje de los símbolos, los sueños y las metáforas, en una extraña alianza entre lo obsceno y lo sublime.

Quizá como su propia autora dice en “Naturaleza muerta”, una de las piezas más poéticas del libro, estos cuentos sean: «Máquinas de funcionamiento simbólico, piedras del sueño y figuras encontradas al azar. ¿Homenaje al hundimiento de la poesía futura?». Porque Objetos frágiles está escrito con el lenguaje de la auténtica poesía o, lo que es lo mismo, la palabra del tiempo sin fecha, desplegando entre sus páginas mareas íntimas, olas de transparencia, una mirada sensible y lúcida sobre el mundo y ese objeto, el más frágil de todos, que es el ser humano.

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