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¡Zas! Madrid | September 25, 2021

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Sobre el poemario 'Trazo (s)' de Alberto Cubero, y sobre lo que arrastra la poesía - ¡Zas! Madrid

Sobre el poemario ‘Trazo (s)’ de Alberto Cubero, y sobre lo que arrastra la poesía
Emilia Lanzas

«La poesía arrastra quienes somos sin que tengamos conocimiento de ello»

El poeta y ensayista Alberto Cubero, autor del poemario Trazo (s).

Alberto Cubero es licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad Carlos III de Madrid. Ha publicado los poemarios Pájaros de granito, La textura metálica del dolor, junto al escultor Leandro Alonso, Hendidura y Tránsitos, de nuevo junto a Leandro Alonso. Así como los ensayos El acto poético como expresión límite de lo inefable, Poesía e inconsciente: relaciones entre poesía y psicoanálisis junto a Ana Abad y La mirada creativa del otro junto a Ana Abad y Mariano Hernández. Es profesor de escritura creativa. Su último poemario es Trazo (s), publicado en Ediciones Eolas.

Trazo (s) se estructura en un único poema. No hay títulos, ni poesía con una forma convencional. Como una delineación de versos que va definiendo el sentido. ¿Cuál es la finalidad de esta transgresión?
Trazo (s) nació de unos poemas breves que aporté para una exposición, “Fragmentación del límite”, junto a la fotógrafa María Jesús Velasco. A partir de ahí, continué escribiendo una serie de poemas cortos que dejé en barbecho durante unos meses. Cuando los retomé y releí, comencé a escribir lo que me evocaban, esto es, lo que terminó siendo la zona superior del poemario, una secuencia hasta cierto punto reflexiva, en la que se proponen y superponen diferentes cuestiones. Curioso, pues: la palabra poética, lo que a menudo va más allá de lo comprensible, alimentando al logos. Tan frecuentemente es así, aunque no nos percatemos de ello: un pálpito, una intuición, un golpe pulsional, genera una idea. Me atrevería a decir que las ideas más brillantes surgen de este modo.
Diría que la estructura del poemario, con un doble recorrido, uno más racional, el superior, y otro más poético, el que transita por la parte inferior de la página, tiene una doble finalidad, si podemos decirlo así: por un lado, dar rienda suelta a la forma en la que me aborda el lenguaje cuando escribo; por otra parte, el intento de generar significación a través de la disposición espacial del poema.


Un pálpito, una intuición, un golpe pulsional, genera una idea. Me atrevería a decir que las ideas más brillantes surgen de este modo.



Los poemas fluyen con versos al principio y al final de la página. En medio, extensos espacios en blanco. ¿Qué objetivo tienen estos largos silencios?
Ese espacio en blanco invita a tender una cuerda imaginaria entre las dos orillas de la página, una cuerda a recorrer en busca de relaciones, interacciones, hallazgos en la imaginación del lector. Creo que el silencio continúa siendo un elemento arduo de elaborar en la poesía –sobre todo, por parte del lector– . Y en mi opinión, es un elemento crucial. El silencio propone al otro una escucha atenta —¿qué otra cosa es, si no, leer?—, una indagación de cierto calado. Generar silencios en el poema es donar tiempo y espacio, que posibiliten al receptor de la obra un repliegue emocional y de pensamiento.

¿En los poemas los “dime” interpelan al lector?
Ese “dime” en segunda persona puede interpretarse de diferentes maneras. Podría sentirse interpelado el lector, sin duda, y qué bien, por otra parte. Esa interpelación le conmoverá, le desplazará emocional y reflexivamente. Pero también podría referirse a “un otro” como alteridad, o bien a “ese otro” que nos habita y que tanto desconocemos –y que no deja de ser alteridad– . Hay varios momentos en el poemario en los que aparece esa segunda persona, por poner un ejemplo en los versos lo que se ausenta / te abarca / hace mella en la mella. ¿A quién invoca ese “te”? Si algo tiene el poemario es que abre el campo de sentido, intenta tensarlo al máximo, de modo que quede un entramado de interpretaciones posibles.

Se repite en tus versos: ¿qué es “el punto cero”?
Conforme escribía lo que me evocaban los poemas, me daba cuenta que cobraba peso la cuestión del sujeto, su conformación, la construcción de la subjetividad, la idea de límite como elemento necesario para la creación, entendida en su sentido más amplio, no sólo la artística. Y emergió la expresión el punto cero, ese momento originario en el cual el ser humano pierde la animalidad a causa de la intromisión del lenguaje —¿qué límite más contundente podríamos enunciar?— y comienza a entrar en el universo de lo simbólico. Momento que, difícilmente —por no decir imposible— puede ser recordado y que tan sólo alcanzamos a imaginar y que, por cierto, deja un resto que nos recorre sin cesar (el punto cero anida en el imaginario / percute en la carne). Un ser, el humano, permanentemente atravesado por las palabras y en el que, a la par, se va constituyendo una estructura imaginaria. Dicho esto, el cuerpo, pues, pasa a otro plano, a otra dimensión. Queda galvanizado por la palabra, por la mirada. Ya no es sólo un “cuerpo anatómico”. Creo pertinente traer aquí una cita de Roland Barthes: «Si quitamos el sentido, ¿qué queda? El cuerpo».


Y emergió la expresión el punto cero, ese momento originario en el cual el ser humano pierde la animalidad a causa de la intromisión del lenguaje.


En los últimos años, te ha interesado especialmente la potencialidad terapéutica del lenguaje poético. De este interés ha surgido un taller de escritura para personas con trastorno psicótico y otro taller con mujeres que habían sufrido maltrato. ¿En qué consisten estos proyectos?
Creo que la escritura, también la lectura, pero la escritura con mucha más fuerza, tiene la capacidad de generar procesos de catarsis en quienes la ejercitan, de indagación en las emociones, de capacitación para expresarlas, de elaboración de las mismas, de descubrir hendiduras que recorren nuestro interior y que desconocemos. Esto es algo que he podido comprobar largamente en los once años de experiencia impartiendo talleres de perfiles muy diversos, todos relacionados con la escritura y la lectura.

Una vez dicho esto, en el taller de escritura con personas con trastorno psicótico, el foco lo puse en que los alumnos se relacionaran con estructuras simbólicas, con el lenguaje, con aquello que, precisamente, en el psicótico está conformado muy débilmente. De modo y manera que lo importante en aquel taller fue que jugaran con el lenguaje, que intentaran escribir una ironía, una contradicción, un atisbo de humor, en fin, todo aquello que para ellos resulta inédito. Esa relación con las palabras, que para otras personas es habitual, cotidiana, digamos que normalizada, para ellos es excepcional.

Por otra parte, en el taller con mujeres maltratadas, el foco de la actividad tuvo otras coordenadas: que sacaran fuera y pusieran por escrito todo aquello que les había hecho daño, que continuaba haciéndoles daño, a través, sobre todo, de ejercicios de escritura rápida. ¿Por qué este tipo de ejercicio? Porque hay poco margen para pensar lo que escribes y, consecuentemente, se abre la puerta para que emerja el inconsciente, vivencias reprimidas, miedos, pero también los deseos, los cercenados deseos durante tanto tiempo de esas mujeres.


Creo que la escritura, también la lectura, pero la escritura con mucha más fuerza, tiene la capacidad de generar procesos de catarsis en quienes la ejercitan, de indagación en las emociones, de capacitación para expresarlas, de elaboración de las mismas, de descubrir hendiduras que recorren nuestro interior y que desconocemos.


¿Qué arrastra la poesía?
Esta es una pregunta especialmente interesante. ¿Sabes?, a veces me imagino el lenguaje como un río que va arrastrando a su paso todo tipo de sedimentos. Y no me refiero al específicamente poético, sino al lenguaje. Quiero decir que habitualmente se asocia el lenguaje al pensamiento: he reflexionado tal cosa, la digo o la escribo. Pero esto no es siempre así ni totalmente así —citaré aquí el lapsus linguae como ejemplo de lo que digo— y mucho menos en el lenguaje poético. Por los intersticios del pensamiento, del logos, se deslizan las marcas de lo inefable: aquello de lo que nos resulta tan difícil hablar por pertenecer al campo de lo pulsional, del inconsciente, de lo que se oculta al sentido, y que tan sólo podemos circundar con la palabra. Justo ahí es, en mi opinión, donde ha de transitar la palabra poética: una constante aproximación a lo imposible de decir.




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