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¡Zas! Madrid | September 25, 2021

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'Madrid rediviva' de Eugenio Castro, un ensayo experimental poético y transformador - ¡Zas! Madrid

‘Madrid rediviva’ de Eugenio Castro, un ensayo experimental poético y transformador
Emilia Lanzas

«Errar (o también callejear) por Madrid es una de las formas más bellas de pertenencia mutua»

Eugenio Castro, autor de Madrid rediviva.

Eugenio Castro es poeta y ensayista. Ha publicado H y La flor más azul del mundo, y libros colectivos como Situación de la poesía (por otros medios) a la luz del surrealismo y Pensar, experimentar la exterioridad. Así como los libros de poesía El Gran Boscoso… es eso y Elocuencia de lo sepulto. Es cofundador del Grupo surrealista de Madrid y coeditor de la revista Salamandra. Acaba de publicar Madrid rediviva, en la editorial Pepitas de Calabaza.

¿Darías el carácter de documento experimental a Madrid rediviva?
Se lo daría en la medida en que lo es todo pensamiento con inclinaciones ascendentes y funde en él la tensión del ser, de la búsqueda y de la forma. Para intentar ser más concreto utilizaría, en mi caso, la expresión ensayo experimental (sin dejar de asumir una cierta pretenciosidad). Lo que Madrid rediviva puede aportar a este dominio es el sentido de una totalidad que erosiona las categorías de género, y, por tanto, diluye la compartimentación. Esa totalidad es la poesía. Igual que es imaginación creadora, interrogación del lenguaje, superación de la prosa o el verso poemáticos, cuestionamiento e incluso negación del sentido, revelación sin adjetivos, la poesía tiene su propia forma, la forma poética, y su propio pensamiento, el pensamiento poético: como exploración, como modo de conocimiento, como elucidación crítica. Este pensamiento es reunión. La poesía así concebida suscita un flujo correspondiente entre muchas de las posibilidades de su manifestación. En consecuencia, abole la especialización, profesional o de oficio, y solo admite ser poeta. Madrid rediviva aspira a contener lo precedente.
Por lo demás, nada de lo que he planteado es original. Y no escribo nunca solo. Al menos unos fantasmas me frecuentan con una fidelidad incondicional, que es correspondida por mi parte. Eso sí, procuro exigirme un enunciado alejado de la mediocridad, para no contribuir a la mediocridad ambiental, particular y general. En suma, deseo manifestar mis ascendentes, a los que debo haber podido escribir, al menos, este texto: Aurelia, de Gérard de Nerval; Brujas la muerta, de Georges Rodenbach (el libro se abre con una cita tomada de él), Nadja y Los vasos comunicantes, de André Breton. No quiero dejar de mencionar la gran simpatía que experimento por Las Guerras Civiles, de José María Parreño (el título puede llevar a confusión a los desinformados), con quien comparto la fraternidad con uno de los poetas referidos, por lo menos.

Comentas que el relato Aurelia está muy relacionado con tu libro, ¿sobre todo cuando Nerval proclama: «El sueño es una segunda vida»?
He de precisar que aquello en lo que Madrid rediviva pueda relacionarse con Aurelia (salvando distancias insuperables), es en el tono extraviado en el que yo mismo puedo caer ocasionalmente. Por extraviado aludo a la fuga de unas conductas mentales normativizadas, orientadas a un empobrecimiento de la experiencia sensible; en dirección opuesta, el extravío mental que reivindico, sin desconsiderar las posibles alteraciones psicológicas, sentimentales o emocionales que en él pudieran intervenir, toma a la ciudad como un bosque de indicios. Adentrarse en él es aceptar a sus bestias y maravillas. Yo lo hago despierto. Me explico. Citas la célebre frase de Nerval, a lo que he responder que el mío es un sueño diurno del que me doy cuenta porque creo haberme instruido en él (y esto no carece de sentido iniciático). Ciertamente, el sueño nocturno me ha dejado su huella, una huella que quizá es superficial: la sensación visual que presta lo soñado, esto es, lo atmosférico. Pero no es poca cosa, pues a esto se debe que haya podido desarrollar (o eso me gusta pensar), una capacidad de aprehensión que me auxilia a percibir ciertos rasgos de la realidad bajo su influencia. Es entonces cuando puedo hablar de cómo la realidad se transforma por iluminación onírica. De ser así, es en lo que puedo adivinar una correspondencia con el sueño de Nerval, pero el que tiene lugar, también para él, en la vigilia. Este es uno de los modos en que voy por la ciudad.

Como indicas, también está muy presente en Madrid rediviva, Nadja de André Breton, ¿junto con el concepto del encuentro?
André Breton establece dos categorías vinculadas a la experiencia del encuentro con ánimo definidor. Se refiere a los hechos con los que un ser establece una relación desorientadora del hábito y desafía a su propia vida. Hechos-resbalón y hechos-precipicio. No me detendré a explicar ampliamente sus concomitancias y diferencias, pues eso llevaría a escribir un largo estudio. No obstante, a modo de resumen —y admitiendo por ello que caigo en el reduccionismo—, diré que asocio a los hechos-resbalón lo que tiene que ver con las contingencias de baja o mediana intensidad, pero importantes en una cadena de aconteceres, lo suficiente como para suspender sensiblemente la noción de lo verosímil y abrir la aprehensión de la realidad; asocio a los hechos-precipicio (que contiene los otros) el más alto exponente del encuentro, y ese es, en mi opinión, el azar-objetivo, cuya definición esquemática es esta: la manifestación externa (en grado excepcional de revelación) de una solicitud interna. Todo ello, convenientemente desgranado, permite comprender que se trata de una contribución extremadamente original que reanuncia, con potencia iluminadora, la idea de poesía: desde entonces, la poesía ha saltado del campo de la especialización al de la misma vida, es decir, a su discurrir cotidiano. Carece de exageración afirmar que, siendo así, la vida para todos, no solamente para uno, queda consagrada por la inspiración, al menos latentemente. Dicho de otro modo, el encuentro, asumido como una de las bellas vidas, es una de las claves mayores por la que cada cual se proporciona una vida inspirada.
Tuve la suerte de vivir un episodio inaudito de azar objetivo en París, al adivinar impensadamente el lugar donde se conocieron Nadja (Léona Delcourt) y André Breton, instante este que sanciona, a mi juicio, el nuevo salto de la poesía moderna. Lo describo en Madrid rediviva. Tomo ese episodio como el hecho-precipicio más representativo del don otorgado por el libro Nadja. El más representativo, digo, no el más importante. Otros capítulos de azar objetivo que mi libro contiene adquieren en mi vida mayor relevancia. Pero Nadja fue el origen.
En suma, tanto Aurelia como Nadja me han iniciado en la aprehensión de la ciudad como un gigantesco escenario de latencias ante las que he quedado predispuesto para que, materializándose, pueda llegar a tener con la ciudad relaciones promisorias.

¿La ciudad que se habita, en este caso Madrid, está indisolublemente unida al sentimiento?
En lo que a mí concierne, intuyo que esa unión es más de tipo pasional, lo cual manifiesto para precisar que es una forma superior a lo sentimental (y/o de lo sentimental). Madrid rediviva se muestra, entonces, como el testimonio de una relación con una ciudad que me procura placer y padecimiento, desasosiego y alivio, fundiendo sus contrariedades y contradicciones. Así es como se me abre el apetito por ella, inseparable de una significativa erótica: la erótica del errar. Errar (o también callejear) por Madrid es una de las formas más bellas de pertenencia mutua. Y si hablo de pertenencia puedo a continuación añadir —aquí sí— el término sentimiento que has empleado en tu pregunta: tengo un sentimiento de pertenencia a esta ciudad ya que soy poseído por ella y también yo la poseo.

«Tanto Aurelia como Nadja me han iniciado en la aprehensión de la ciudad como un gigantesco escenario de latencias ante las que he quedado predispuesto para que, materializándose, pueda llegar a tener con la ciudad relaciones promisorias»

En tu ensayo, muestras Madrid como una ciudad de extrañamiento, de exploración poética, de realidades tapadas, de riquezas icónicas, de imaginación onírica, de misterio… Muchos se preguntarán: ¿dónde?, ¿cómo?, ¿cuándo?
Madrid me ha revelado a mí. Solo abandonándome a ella han ascendido en mí parte de sus entrañas, es decir, que he tenido ocasión de encontrarme con prodigios como los que enumeras (así los concibo), pues laten en su interior y, al tiempo, la envuelven.
¿Dónde?, ¿cómo?, ¿cuándo?, me preguntas (te preguntas, intuyo). Ir hacia ningún lugar, esta es la disposición en mi caso. Esta pasividad es inviolable, pues a ella se asocia todo lo que pueda advenir, lo cual, por tanto, pertenece a lo desconocido. Pues ni siquiera creyendo que se tiene conciencia de que lo desconocido puede manifestarse se está seguro de nada. Ir hacia ningún lugar deja en suspensión el lugar, el propósito, el momento. Ni siquiera estoy seguro de que deba concederse plenos poderes a la espera. ¿No se podría hablar, incluso, de que no se espera nada? O lo diré con las palabras que cierran el libro: «no hay donde llegar, ir ahí es el todo». Creo que es de esta manera como, a posteriori, he podido corresponder a esta ciudad, y ser testigo y actor del vínculo existente entre sus interioridades y las mías.
Existen otras disposiciones, como la que denomino “repetición ritual”, la cual es diferente a la anteriormente mencionada, lo que de todos modos no invita a experimentarla como su contrario. No, es complementaria. Pero lo mejor es que el lector, si lo desea, se encuentre con ellas en el libro.

Me ha perturbado especialmente lo que denominas “las huellas de Melmoth”. Melmoth el Errabundo, personaje de la novela del escritor irlandés Charles Maturin, cuyos vestigios encuentras en numerosas calles de Madrid.
No dejo de creer que la ciudad de Madrid se ha visto agraciada con la presencia de ese ser cuya influencia tiene tal calibre que, sin su existencia, no se comprendería la de otro de su estirpe, Maldoror (Los cantos de Maldoror, de Isidore Ducasse), ni la del mismo conde Drácula, por citar a dos paradigmas.
Melmoth ha hecho un pacto con el diablo, no para conservar la juventud (aunque esta le será consustancial), sino para adquirir el mayor conocimiento, para poseer la lucidez sobre el todo. Será su condena, y de ella nacerá el ser negativo, soberanamente luciferino, que sembrará el mal entre los que, habiendo sido alguna vez sus congéneres, reconoce su verdadera génesis. Fatalmente irreconciliable, Melmoth es el rebelde absoluto, la amenaza a Dios en la tierra, la plaga que asola al humano. Sin embargo, se expone a su vulnerabilidad —casi redentora— ante la presencia, insólita para él, de la inocencia: una muchacha y la selva. No flaqueará, a pesar de todo, y hará que la bondad y la moral palidezcan de terror.
Según nos es dado a conocer por su autor Charles Maturin (Melmoth el errabundo), Melmoth vive en Madrid, a quien traslada tiempo después (si no me equivoco) de su encuentro con Inmalee en la isla; lo traslada a esta ciudad y pasa en ella casi toda la segunda parte del gigantesco relato, donde volverá a cruzarse con ella, cuyo nombre es ahora Isidora.
Hace décadas mi amigo Jose Manuel Rojo me comentó que tenía localizados en las cercanías del área donde entonces vivía (Ventas-Manuel Becerra) algunos sitios que pensaba que podían haber estado habitados por Melmoth. El mito era común, y años después yo quise salir al encuentro de sus huellas, algunas de las cuales localicé en las calles que se mencionan en el libro: Paseo del Prado, calle Atocha, calle doctor Piga, calle Primavera y otras. Debo añadir que la exploración está solamente suspendida, pues no descarto que pueda reiniciarse, si bien aquello que me trajese la presencia de Melmoth no sería ya este tipo de rastros. Por sí solo se impondrá, si ha de ser así.
El última instancia es admirable, a mí espíritu, que ese ser haya sembrado esta ciudad con su sombra inextinguible; que Madrid haya sido obsequiada con ese ser que ni siquiera Balzac conseguiría jamás reconciliar. En Madrid resuenan los pasos de Melmoth y la ciudad adquiere una belleza incomparable.

Afirmas que el “anhelo por lo maravilloso” que la mayoría de las personas poseen adquiere, a veces, un tono colectivo, como fue el caso del cachalote varado en el río Manzanares…
A poco que cualquiera se conceda la posibilidad de asombrarse, quedará en el borde de la maravilla y acabará accediendo a ella. Pues lo maravilloso es una latencia, o como más me gusta decir, un bajo continuo particular que hallará la forma de coincidir con el general, lo que tiende a suceder cuando tiene lugar un tipo de acontecimiento que, incluso con la mancha de lo mediático, no se amilana ante ella y adquiere entidad propia. El caso del cachalote del río Manzanares, en el puente de Segovia —y siempre conforme a mi relato del acontecimiento— lo testimonia. La fabulosa nevada del 8 y 9 de enero pasados es una demostración de que, en otro orden de la manifestación, lo maravilloso y la manera en que el anhelo de él pulsa en el ser humano emergen, convergiendo el plano personal y el colectivo. Es preciso conceder la enorme importancia que tiene a estos hechos para comprender el significado liberador y exaltante que vehiculan. Y que semejante conciencia de su maravilla permee, sin obligación pero solidariamente, con el contenido político que contienen. Es esta una forma de verificar, en su estadio más sensible, la verdad práctica de la poesía: la coincidencia del deseo común y el deseo personal.
Justamente esos episodios ratifican la idea de que existe “un comunismo del genio”, tal y como lo formulamos los surrealistas, viniendo a decir que ese se materializa cuando se establece una correspondencia efectiva entre el genio individual y el genio colectivo, para lo que no es una condición ser poeta en el sentido reducido de quien escribe poemas. Todo individuo hace poesía cuando sueña, ama, contempla, se demora, se alucina, entra en el bosque, se queda en la linde, duerme sobre las piedras, observa la algarabía de los vencejos, se revuelve, prende fuegos, escribe, acude al lugar donde se reúne, sin habérselo propuesto, sin llegar a pensar que sucedería, con una comunidad de expectantes que no han renunciado a que los deseos, los más audaces, se cumplan.
Momentos como los del cachalote, la lluvia de estrellas, la nevada y los formidables días de la revuelta de Madrid en mayo de 2011 sancionan a la vez el enlace entre lo maravilloso y el comunismo del genio. No son esferas separadas, aunque no es inútil saber distinguir sus especificidades. La gran alegría es que convergen, como quedó demostrado en esos días, incalculablemente largos, de aquel mayo, cuando el proyecto político de vida política que es la poesía cristalizó como lo habíamos imaginado y deseado muchos de nosotros a lo largo de décadas de convocarlo. Debido a la conjunción de los planetas personales y colectivos, próximos y distantes, conocidos y ajenos, una comunidad genial se estableció en la Puerta del Sol, y se hermanó. Cualquiera que no sea un malasangre estará de acuerdo.

«Momentos como los del cachalote, la lluvia de estrellas, la nevada y los formidables días de la revuelta de Madrid en mayo de 2011 sancionan a la vez el enlace entre lo maravilloso y el comunismo del genio»

¿Cómo se hace morir Madrid? ¿Cómo se revive?
En primer lugar, he de responderte que solo después de tener la suerte de vivir en Madrid 51 años he podido llegar a hacerme una idea de mis vidas en ella, que han sido posibles a partir de sus vidas en mí. Es un obviedad que la vida de una ciudad no es nunca la misma aunque la ciudad se parezca siempre a sí misma. Sucede algo muy parecido con la vida de un ser al cabo de décadas de vivir en sí, sensiblemente diferentes aunque se parezcan entre ellas.
Considerado lo anterior, creo poder sugerir —e incluso afirmar— que Madrid ha muerto para mí en ese tiempo de muerte técnica, o accidental, o por suicidio, o por agotamiento, o asesinada… Muere de las “cirugías estéticas” a que es sometida sin descanso; muere a causa de los síncopes que le provocan diversas humillaciones, como el enlosado lúgubre y con tintes vengativos (lo simbólico es aquí esclarecedor) de su suelo, que conduce a sepultar su tierra y su memoria; o mediante la puesta en acción de una cinegética de la vigilancia (el panóptico, el dron); y, desde luego, a través de la invasión turística, como forma exacerbada y renovada de la barbarie, el pillaje y la exclusión. Menciono solo estas para no resultar abusivo.
Y Madrid revive por medio de las vidas que se quieren eróticamente amorosas con ella, apasionadamente irreducibles, pues es por medio de la pasión que Madrid renace una y otra vez de sus apagamientos, encierros, asedios, todos ellos oficiales, municipales, gubernamentales, institucionales (tengo en cuenta los personales, por supuesto), de lo cual hoy somos testigos impotentes por delegación e inacción propia; renace porque muchos de sus habitantes, entre la conciencia y lo inconsciente, la voluntad y el azar, no dejan de percibirla —ya lo he mencionado antes— como un bosque de símbolos en el que, adentrándose, acceden a una experiencia encantatoria y, por tanto, dispensadora de una emancipación de las formas de vida; de la vida de esos habitantes y su reverberación en la de la ciudad.
Naturalmente, existen otros factores, para lo que es preciso que cada cual se conceda el gusto de adivinarlos en sí y de descubrirlos en la ciudad. La aventura, la inercia, el dulce perecear, la atención son algunas de las disposiciones que auxilian en el encuentro vivificador con la ciudad y su efecto en uno, hasta el punto de tener un verdadero deseo de ciudad.



Comments

  1. Bea .’.

    Otro artículo de gran interés.

    Bea .’.

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