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¡Zas! Madrid | September 21, 2020

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La mexicana Liliana Blum acaba de publicar su libro de cuentos, 'Tristeza de los cítricos' - ¡Zas! Madrid

La mexicana Liliana Blum acaba de publicar su libro de cuentos, ‘Tristeza de los cítricos’
Pedro M. Domene
  • On 2 marzo, 2020
  • http://acabodeleerymegusta.blogspot.com/

«Como lectora, no me gusta la literatura autocomplaciente y como escritora trato de que mis lectores no se queden impávidos al terminar mis libros»

Liliana Blum (Durango, México, 1974) es autora de las novelas Residuos de espanto (2013), Pandora (2015) y El monstruo pentápodo (2017), y de los libros de cuentos La maldición de Eva (2002) Vidas de catálogo (2007), ¿En qué se nos fue la mañana? (2007), El libro perdido de Heinrich Böll (2008), Yo sé cuando expira la leche (2011) y No me pases de largo (2013). Estudió Literatura Comparada en The University of Kansas. En España acaba de publicar su primera colección de cuentos, Tristeza de los cítricos (Páginas de Espuma, 2019).

¿Qué le lleva a practicar una literatura incómoda?
No es algo que me proponga hacer, pero sucede. Los temas que me escogen a mí, y no al revés, son incómodos de alguna manera. Más bien, los temas son temas simplemente, pero a la gente le incomoda tener que enfrentarse a ellos. En mi novela El monstruo pentápodo, por ejemplo, hablo de un pedófilo que secuestra una niña de cinco años, con ayuda de su pareja. El abuso sexual infantil, que se da casi siempre dentro de las familias, es algo de lo que la mayoría prefiere no hablar o reconocer, ya que hacerlo implica tomar cierto tipo de acción. Así con los demás temas en mi obra: para algunos es preferible no enfrentarlos.

¿Estamos amenazados por una absoluta oscuridad?
Sí. Existe en los humanos una parte oscura, muy oscura, que puede permanecer agazapada o emerger con brutalidad, dependiendo de las circunstancias y la voluntad de cada quien. Al menos en México, en los últimos años, pero en particular en el 2019 que llegó a ser el año más violento y con más asesinatos desde la revolución mexicana en 1910, me parece que la oscuridad nos amenaza todos y cada uno de los días. Se comete un asesinato en México más o menos cada cinco minutos; se cuentan cuatro feminicidios cada día según las cifras oficiales, pero ciertas mujeres desaparecen sin dejar rastro. Los ciudadanos tenemos la sensación de que estamos desamparados; el Estado tiene la ilusión de que la violencia terminará bajo la política del presidente de “abrazos no balazos”; y el crimen organizado tiene la certeza de que puede cometer con absoluta impunidad cualquier delito que le venga en gana. Esta violencia desbocada no es una idea abstracta: se trata de las acciones de gente con un abismo oscuro en sus almas.

¿La violencia acecha nuestras vidas, y por tanto debe denunciarse, también, en literatura?
Personalmente me parece que no. Al menos no de primera instancia ni como objetivo principal: no creo que ninguna novela deba de convertirse en un objeto de denuncia o en un vehículo para transmitir cualquier ideología del autor. Al menos a mí no me gusta leer este tipo de libros ni tampoco escribirlos. Creo que al escritor le toca mostrar el mundo tal y como lo ve, que siempre será desde un ángulo único como nuestras huellas dactilares. Al lector, por su parte, le corresponde mirar este pedazo de mundo desde aquella perspectiva nueva, y reflexionar, entender, reaccionar, como mejor pueda. El autor no es nadie para decirle al lector qué debe pensar, pero sí puede mostrarle una situación particular en la historia que cuenta. Si hay una denuncia debería ser un efecto secundario de una historia bien contada y un lector avezado.

¿Escribe sin concesiones?
Intento. No sé si siempre lo logro, pero lo intento. Es cerrar los ojos y escribir pensando que nadie me va a leer, que el texto es parte de un diario íntimo. En el momento en que me detenga a pensar en lo que va a decir mi familia, amigos, colegas, y lectores, seguramente me auto censuraría. Es imposible darle gusto a todo mundo, así que solo aspiro a escribir para Liliana y esperar que existan más personas por allí que lleguen a apreciar o disfrutar lo que escribo.

Los temas que maneja ¿sirven tanto para sus novelas como para sus cuentos?
Sí, al menos hasta ahora. Los temas giran en torno a mi cabeza como una nube de mosquitos en verano. Son mis obsesiones y miedos que emergen en ambos géneros sin que yo me lo proponga en realidad.

¿La tragedia humana es íntima y personal?
Sí. No solo somos el fruto de contextos únicos y personales, sino que percibimos al mundo de distinta manera e intensidad. Lo que es pasable para unos puede resultar insoportable para otros. Pocas veces tenemos idea de lo que sucede en la vida de las demás personas y qué significado tiene para ellas.

Se lo pregunto porque muchos de los cuentos de Tristeza de los cítricos exploran ese camino.
Así como “cada cabeza es un mundo”, cada infierno es particular. Mis personajes, como la mayoría de las personas, viven una cotidianidad tan llena de violencia y tan permanente, que llegan a olvidar que está allí. Es solo cuando se miran las cicatrices que caen en cuenta de su propia realidad. Relacionarse con el otro, sea la pareja, el padre, la madre, los hijos, o el amante se antoja una meta imposible, tanto como establecer una verdadera comunicación. La felicidad, azarosa y efímera como es, se desvanece en el ambiente de incomprensión y de violencia soterrada a veces, explícita en otras.

¿Escribir cuentos le permite a usted tener una mayor heterogeneidad para sus historias?
Solamente en términos de la anécdota, pero ciertas temáticas son recurrentes en casi todos mis textos. Ahora que trabajo en una colección de cuentos de corte fantástico me doy cuenta de que la oscuridad siempre es el trasfondo de mis historias.

¿Hay mucho de maldición femenina o feminista en sus cuentos?
La pregunta me hizo pensar en mi primer libro de cuentos, La maldición de Eva. Aunque no ha sido algo que me haya propuesto de manera consciente, mis personajes son casi siempre mujeres (porque es lo que me es más familiar y cercano) y la vida se ensaña un poco con ellas. Sin que exista una agenda feminista tras mis historias, siempre he escrito sobre lo que veo, sobre lo que conozco, y la constante es la adversidad y el sufrimiento que social y culturalmente se cierne sobre las mujeres, a pesar de todos los avances en términos de leyes y educación. La tasa de feminicidios en mi país así lo demuestra en el extremo más crudo; y por supuesto no hay forma de evaluar otro tipo de violencias que si bien no ponen en juego la vida, sí el mínimo bienestar que merece un ser humano.

¿Es importante para usted narrar ciertos momentos del horror?
Siempre se me complica decidir qué cosas narrar en la historia y qué cosas dejar sin decir. Lo implícito. En algunos casos el horror es necesario: por ejemplo, en el cuento “Luz de mi vida, fuego de mis entrañas” sería imposible aludir al incesto y la pedofilia sin narrarlos. Darle la oportunidad al lector de no ver el horror, de pasar de largo sin que se vaya nauseabundo después de leer, sería minimizarlo. Entonces perdería su condición de horror y podría volverse un elemento más del paisaje. En ciertos casos, como en el ejemplo que doy, es algo que no me puedo permitir.

Por otra parte, Lucia, la protagonista de “Conejillo de indias”, realiza una autoagresión en su propia vida, ¿debemos entenderlo así?
Más bien, Lucía se equivoca. Erróneamente piensa que tener un amante y un ritual secreto con él, aminorará el tedio y la infelicidad de su matrimonio. Descubre que los orgasmos sin un conocimiento profundo de la otra persona, sin un toque de ternura, no le resuelven los problemas. Por supuesto también está el tema de la maternidad: los hombres pueden ir y venir, pero una hija es una hija. Al final Lucía recapitula. La última escena, cuando está cocinando un pastelillo en forma de cobayo con su hija, para mí significa que no muy lejos en su futuro, tomará una mejor solución. Es un cuento lleno de esperanza.

Sus personajes, masculinos y femeninos, de Tristeza de los cítricos ¿viven amenazados en un mundo violento?
Definitivamente sí. Pienso en mi país, con récords de violencia jamás antes vistos que se doblaron solamente en 2019 con la entrada del nuevo gobierno. La amenaza está allí y uno llega a tomarla como algo natural, pero no lo es. Eso lo descubrí en mi breve estancia en Madrid: me di cuenta que se puede caminar de noche con una amiga sin morirse del miedo, tomar un taxi sin temer que te vaya a violar, asesinar, y tirar en algún terreno baldío.

Mis personajes viven en México, acosados por esta violencia exterior, pero al mismo tiempo, también la ejercen a diversas escalas. Al final del día, todos somos cómplices y responsables de este infierno que hemos creado a lo largo de los años.

Sus cuentos inquietan al lector, ¿quizá para sacar a la luz matices de cuestiones incómodas que, generalmente, preferimos evitar?
Como lectora, no me gusta la literatura autocomplaciente y como escritora trato de que mis lectores no se queden impávidos al terminar mis libros. Que no puedan dejar el libro en una mesita y luego iniciar una partida de Candy Crush como si nada. Busco que mis textos sacudan, que obliguen al menos a una pequeña reflexión después de la lectura. Por supuesto, los temas que más deseamos evitar son los que nos terminarán sacudiendo con más fuerza. Si bien no se trata de mover consciencias ni de cambiar al mundo (ojalá fuera esto posible), sí al menos dejar esta certeza bien plantada: no porque no lo quieras ver esto va a dejar de existir.

Las historias que cuenta, de alguna manera, ¿tienden a resumir la historia de la humanidad?
Las tragedias son genéricas hasta que lo tocan a uno de manera íntima y particular. No creo que mis historias resuman la historia de la humanidad, pero sí narran experiencias con las que casi todos nos podemos relacionar porque al final del día, sucedan en Tampico, o en Durango, o en cualquier otro lugar del mundo, la esencia humana está allí. Esa imposibilidad de relacionarnos con el otro, la oscuridad del alma, el hacernos daño, son cosas que estoy segura los primeros humanos también experimentaron, y lo seguiremos padeciendo hasta el final de los tiempos. O de nuestra especie.

¿Qué supone para Liliana Blum publicar un libro como Tristeza de los cítricos en España?
No solo una gran alegría sino una gran oportunidad en varios niveles. A pesar de que muchas editoriales son transnacionales, sucede que los escritores, con excepción de los best sellers, pocas veces salen de sus propios países. Es decir, los peruanos sólo se venden en Perú, la mayoría de los mexicanos sólo se venden en México. Curiosamente, a México nos llegan muchísimos escritores españoles publicados en estos grandes sellos comerciales, pero a España no llegamos todos los mexicanos publicados en los mismos sellos, pero que se venden en el mercado interno. La posibilidad de que alguien pueda leerme fuera de mi país es genial y que ciertamente no me esperaba. Publicar en Páginas de Espuma es también un gran honor: su catálogo es tan exquisito, que todavía no me creo estar junto a escritores no solo importantes, sino excelentes en lo que hacen, que no siempre es lo mismo. Y no solo eso: Tristeza de los cítricos me llevó a España, donde no había estado antes, y regresé a México encantada y enamorada al mismo tiempo. Fue como asomar la cabeza debajo del árbol y ver las raíces. Un descubrimiento profundo para mí, Liliana Valderrama Blum.

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