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¡Zas! Madrid | July 10, 2020

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La única churrería literaria del planeta: Cuentos como churros, publica su primer libro

La única churrería literaria del planeta: Cuentos como churros, publica su primer libro
Emilia Lanzas

Los escritores Víctor García Antón y Kike Cherta decidieron elaborar un espacio para crear y compartir. Y surgió  la plataforma cuentoscomochurros.com: una churrería virtual que cocina cada mañana un cuento. Ahora, se acaba de publicar su primer libro Cuentos como churros, con una selección de sus 32 mejores relatos. Ayer tuvo lugar la presentación en Madrid.

Portada

La plataforma www.cuentoscomochurros.com supone un medio para crear una comunidad. Todas las personas que lo deseen pueden enviar el ingrediente que quieran: fotografías, ilustraciones, frases…; sustancias que inspiran a los Sres. Churreros para escribir una historia. Estos textos conjuntos son públicos y gratuitos, y llegan cada mañana recién hechos a los correos electrónicos de los suscriptores.

 

Julia Viejo, de la editorial PezSapo, Kike Cherta y Víctor García Antón, en la presentación ayer de «Cuentos como churros», en El Sótano. Fotografía: Julio Jurado.

 

De la plataforma al papel

www.cuentoscomochurros.com lleva funcionando un año. De los doscientos quince cuentos elaborados en la churrería, se ha realizado una selección de los treinta y dos mejores, que la editorial PezSapo acaba de publicar. Cuentos como churros tiene el formato de un pequeño y exquisito libro de cocina. Los textos están acompañados de las fotografías, palabras, cuadros e ilustraciones que los inspiraron.

Compartir imágenes y palabras

Kike Cherta, en la presentación del libro, dio especialmente las gracias a toda la gente anónima que ha participado enviando los ingredientes a cuentoscomochurros.com. También incide en la idea de la desinhibición con la que se escribe cuando se firma bajo el seudónimo de Sr. Churrero.

Por su parte, Víctor García Antón cree que la plataforma ha puesto algo de desenfado, a la vez que ha contribuido a que la literatura se caiga, un tanto, del pedestal en el que se encuentra. Piensa que cuentoscomochurros.com propicia una literatura para el otro, tal vez por la ausencia de autoría y de egos. Una literatura participativa no solo por los ingredientes enviados por otras personas, sino también porque los textos se comparte en las redes sociales.

Tanto Kike como Víctor declaran que se retroalimentan con los comentarios que se publican en Instagram, en Facebook, en Twitter y en la propia página web.

La expansión de la churrería

El equipo de churreros se ha ampliado con cinco escritores más: Diego Rinoski, Ricardo Hierro, Rocío Vaquero, Diana Díaz y Javier Yohn Planells.

La plataforma ya tiene lectores en ochenta y cinco países. Un estímulo más que suficiente para continuar cocinando cuentos durante muchísimo tiempo.

Otro momento de la presentación de «Cuentos como churros», en El Sótano, Madrid. Fotografía: Julio Jurado.

 

Dos momentos de la presentación de «Cuentos como churros», en El Sótano, Madrid. Fotografías: Julio Jurado.

Dos momentos de la presentación de «Cuentos como churros», en El Sótano, Madrid. Fotografías: Julio Jurado.

 

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NIDO
(Uno de los relatos publicados en Cuentos como Churros. Ingrediente del pintor Lázaro Ventura. Cuadro titulado «Primavera»)

Lo malo de tener la cabeza llena de pájaros es que por las noches, a veces, no siempre, se aparean. Plumíferos insaciables coreografiando su danza de cortejo entre tus mechones. Se rondan y se cantan serenatas. Se acoplan piando afónicos. Ponen huevos. Nacen polluelos. Orquesta sinfónica de peladas cabecitas que nunca cesa. Porque tienen hambre los polluelos. Siempre tienen hambre y siempre piden más. Y venga los padres a ir y venir. Aplauso de alas continuo. Ahora le toca a la madre, ahora le toca al padre, y así.
Lo malo de tener la cabeza llena de pájaros es cómo te llenan la melena de ramitas y tierra seca, arañas, escarabajos y tijeretas, bichos en general. Todos los días, los polluelos se cagan y se mean. También, con más frecuencia de lo que uno imagina, vomitan. Como si la propia vida les diera náuseas. O a lo mejor es que les marean los trayectos en metro. Por si acaso, dejas de ir en metro. Por si acaso, aprendes a moverte con una lentitud de viejecita con tacatá. Y tu pelo, que antes olía a Vidal Sassoon y a eucalipto y a acondicionador para rizos perfectos, ahora atufa a musgo agusanado. Para ventilar tanta peste, haces escapadas a la sierra siempre que puedes. Les gusta el campo, a los polluelos, parece que allí vomitan un poco menos, o eso crees tú, eso prefieres creer.
Lo malo de tener la cabeza llena de pájaros es el dineral que te dejas en fisioterapeutas. Porque crecen, los polluelos. Y pesan, los polluelos. Y te provocan tortícolis y dolor crónico en las vértebras superiores, los polluelos. Clases de yoga. Pilates. Sesiones de shiatsu. Sobresfuerzo muscular. Buscar el nirvana entre pío-píos. Conocer al amor de tu vida mientras ensayas la postura de la flor de loto. Hacer el amor con mucho cuidado, con miedo a que la pasión destroce el nido de tu cabeza y todo sean ramitas sobre las sábanas, y tierra espolvoreada, y polluelos sin hogar.
Lo malo de tener la cabeza llena de pájaros es que a tu jefe de sección tanto aleteo le parece poco profesional. Así no se puede atender la ventanilla veintitrés, te dice. Finiquito. Cola del INEM. Mañanas llenas de tiempo, que los polluelos dedican a ensayar trinos y a engordar. Mudarse a un piso más pequeño con el amor de tu vida. Compartir gastos y cama estrecha. Cuanto más crecen, más chillones se muestran los polluelos. Llenar el pisito de plantas, con la esperanza de que el verde los narcotice un poco. Descubrir la botánica. Magia: coges una semillita, la entierras en tierra negra, la riegas, y al cabo de un tiempo se metamorfosea en un tomate.
Lo malo de tener la cabeza llena de pájaros son los sustos que te dan. Una mañana cualquiera, mientras estás preparando el desayuno, café con leche de soja para el amor de tu vida, café con leche de verdad para ti, ves caer a un polluelo frente a tu nariz. Tú gritas y mueves las manos, pero nunca alcanzas a salvarlo. Antes de estrellarse contra las baldosas, sin embargo, el polluelo remonta el vuelo. Ahora ya no es un polluelo, ahora es un pájaro. No mucho después, otro polluelo salta también. Y vuela también. Al día siguiente, salta otro. Y en seguida, otro más. Por fin, todos los polluelos dejan de ser polluelos. Se convierten en pájaros hechos y derechos. Los padres se pasan cada vez menos de visita. Un día, todos levantan el vuelo y se van.
Lo malo de tener la cabeza llena de pájaros es el silencio limpísimo que te dejan después, y la sensación de que ya no hay marcha atrás.

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