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¡Zas! Madrid | June 5, 2020

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La madre de todos los contagios: sobre el libro 'Lluvia oblicua', de Ignacio Castro Rey - ¡Zas! Madrid

La madre de todos los contagios: sobre el libro ‘Lluvia oblicua’, de Ignacio Castro Rey
Emilia Lanzas

«Quizá la auténtica pandemia es la normalidad de este conductismo masivo, este contagio (o “inmunidad”) de rebaño»

El filósofo Ignacio Castro Rey, autor de Lluvia oblicua.

Ignacio Castro Rey es doctor en Filosofía, crítico de cine y arte, gestor cultural, profesor y articulista. Entre sus libros están Votos de riqueza, Mil días en la montaña y Ética del desorden. Acaba de publicar Lluvia oblicua. (Opinión y verdad en la sociedad del conocimiento).

Siendo Lluvia oblicua un libro de filosofía son constantes las referencias a poetas, artistas, cineastas… como, por ejemplo, Rilke, Lispector, Erice, Van Gogh. Esta particularidad, que ya ocurría en tu anterior obra Ética del desorden, ¿contiene el principio de que el sentimiento y la emoción siempre deben acompañar al razonamiento?
Exacto. Cito cien veces en distintos sitios esa idea clásica de que la emoción va por delante. Los perceptos y los afectos van primero, y solo por eso pensamos. Cioran, Unamuno, Nietzsche y muchos otros insisten en este punto. Pensamos gracias a que antes hemos sido heridos por un sentimiento, o una sensación, que vienen sin ser llamados, inopinadamente. Cuando una clásico griego decía que el asombro era el origen del pensamiento supongo que se refería a lo mismo. Precisamente si hoy el pensamiento está en peligro es debido a que tal vez el andamiaje informativo ha conseguido adelantarse a nuestros sentimientos, sentir por nosotros (destacando lo que importan y lo que no, qué ángulo, etcétera), con lo cual el pensamiento ha sido desactivado en su misma fuente. Por eso obedecemos como ovejas, con o sin pandemia vírica. Quizá la auténtica pandemia es la normalidad de este conductismo masivo, este contagio (o “inmunidad”) de rebaño.

Tu pensamiento está fuertemente contextualizado. Casi todo sobre lo que reflexionas nos ocurre a nosotros en el aquí y el ahora. ¿Es Lluvia oblicua «una ontología de nuestros hábitos», «una filosofía de la existencia», una revisión del momento?
Espero que sea así. Mi libro, que no es fácil en su lenguaje, está sin embargo volcado (más todavía que Ética del desorden) en lo más ordinario e inmediato: lo más “vulgar”, que es la vez lo más difícil. El “aquí y ahora” es una llanura inmensa que nos exige una perpetua revisión, tan interminable como la vida.

Nos pasamos el día flotando en la sociedad y “lo global”, pero esto no es más que un patético sistema de defensa que un día u otro caerá (como tal vez ocurrió en estos días de encierro).

En todas las cuestiones cruciales estamos solos ante una cercanía, un “absoluto local” donde se juegan nuestras vidas. Y ahí no hay cobertura ni aplicación de móvil, ni “estado del bienestar” que valga. En todas las cuestiones fundamentales, ahora como hace mil años, el ser humano solo puede contar con sus fuerzas personales para salir adelante. Siempre hay especialistas, a veces incluso son buenos, pero tenemos que saber elegirlos y gobernarlos nosotros. Hasta los médicos reconocen que la actitud y la labor del “paciente” es crucial para salir de una enfermedad grave. ¿Defiendo entonces una especie de “individualismo”? No, defiendo la comunidad humana que brota y se sostiene en decisiones singulares, no consensuadas en “equipo”. Y menos todavía, sometidas al baremo de lo que se llama opinión pública.

Lluvia oblicua, según tus propias palabras, es un ensayo impolítico y una especie de teología para ateos. ¿Qué suponen estas dos premisas?
Suponen, primero, que me ocupo de una infraestructura elemental y común que todo el arco ideológico de lo que se llama “política”, de un extremo a otro, deja de lado. Esa comunidad primaria de la vida es, al parecer, demasiado sucia, violenta y compleja para esa casta de especialistas en gobernar. Los políticos lo son porque su vocación profunda es no ensuciarse con la calle; a ser posible, no pisarla jamás. En segundo lugar, en Lluvia oblicua prolongo una “teología para ateos” que tiene otro momento clave en Ética de desorden, aunque la cosa viene de más atrás. Hablo de teología porque me ocupo de lo que no es cognoscible al modo positivo o categorial. Me ocupo de un vértigo real que es desde hace mucho es la pregunta de la filosofía, del arte y de la religión. Digo que es para ateos, porque mi libro es de pensamiento, es decir, intenta pensar con todo el detalle posible la materialidad, a veces muy laberíntica, que es cotidiana para el más común de los mortales. No es en absoluto casual que estos dos libros míos tengan una excelente relación con la ciencia anómala que habla por boca de Heisenberg, Gödel o Lacan. Tampoco es casual que desprecie esa mitología que, aliada al periodismo sensacionalista y a los intereses económicos más bastardos, triunfa como “ciencia”. La misma, por cierto, que nos mantiene en el pantano confuso de esta “pandemia”.

Cubierta de Lluvia oblicua, de Ignacio Castro Rey.
Cubierta de Lluvia oblicua, de Ignacio Castro Rey.

Las expropiaciones principales de las que hemos sido objeto por parte del capitalismo abarcan la represión de lo dionisíaco, la positividad apolínea, la pérdida de la imaginación o la capacidad de asombro. ¿De qué hemos sido principalmente despojados?
En realidad no hemos sido despojados de nada. Aunque el mito de la época es que la humanidad “ha cambiado” mucho y la vida no es ni puede ser lo que era, pues está “globalizada” y nadie puede ser ya independiente. Toda esa letanía es mentira. Mejor dicho, es una amenaza que funciona con el miedo: a quedarse atrás, a ser marginado socialmente, etcétera. Tenemos la obligación moral y fisiológica de vivir la única vida mortal que nos ha tocado, para la cual no hay mediaciones tecnologías posibles. Nuestra potencia brota del desamparo, que no ha sido elegido. Afortunadamente, pues así el ser humano, digan lo que digan los nuevos mandarines empoderados en su cielo digital, sigue siendo soberano frente a la soberbia de los poderes establecidos. La existencia es todavía capaz de cualquier cosa, de lo mejor a lo peor, de lo heroico a lo más perverso. Lamento mucho darles esta noticia, si alguno está escuchando, a esos expertos que creen que no podemos vivir sin ellos.

Aclarar los sentimientos y recuperar la capacidad de percepción: ¿son los mayores retos de la inteligencia?
Definitivamente, sí. La inteligencia no es una nave espacial que deba o pueda llevarnos a ningún lado, a algún otro planeta donde la gravedad, el dolor y la tragedia no existan. Todo eso es un idiota cuento “angloamericano” (por resumirlo en un insulto) que nos hemos tragado. También bajo amenazas, pues esa promesa pueril va siempre acompañada de agresiones militares, saqueos económicos y bombardeos de todo tipo. Si somos buenos, y conseguimos ser tan imbéciles como para obedecer la mentalidad sectaria que dirige a Occidente desde hace más de un siglo, los amos del mundo prometen tratarnos mejor. El universo latino e hispano, por poner ejemplos cercanos, siempre ha vivido al margen de esa mitología barata. Espero que en el fondo nunca cedamos.

¿Qué implica y significa recuperar «el ser lento»?
Tenemos que ser audaces, agresivos y rápidos, mucho más que la poderosa catatonia social que nos envuelve, para recuperar el ser lento que somos. Todo lo importante es en nosotros lento, pues no sigue el modelo glorioso de la tecnología puntera. Amar, aunque entre repentinamente, exige la paciencia de la lentitud para mantener lo amado. Dejar de odiar es lento. Aprender a resistir las presiones es lento. Conquistar un sentido del humor que pueda torear la estupidez una y otra vez triunfante, también es lento. Aunque, ya digo, recuperar esa lentitud (igual que en las artes marciales) nos exige en ciertos momentos ser capaces de velocidades fulminantes, de cuerpo y de pensamiento.

¿Qué comporta el «darwinismo cultural»? ¿Tiene que ver con el arte actual masivamente conceptualizado o con una cultura que solo propone escapar de nosotros mismos? O, tal vez, ¿con nuestra obsesión por llenar el tiempo con numerosas actividades, entretenimientos y ocupaciones?
Pobre Darwin. Ya ni sabemos quién era como científico. Lo han convertido en la disculpa para una crueldad social sin precedentes. No hay concurso televisivo de éxito (por no hablar de las noticias) que no exprese esa crueldad, por todas partes inducida. Y esto incluye, no lo olvidemos, nuevas modalidades de la caza del hombre. Este darwinismo cultural incluye las tres cosas que mencionas y posiblemente otras más.

En el fondo, se trata de que la competencia brutal que nos vende el capitalismo nos entretenga y nos libre de lo que para nosotros es lo peor, el diablo de vivir. Esa rivalidad permanente, de la que ni se libra la escuela primaria, es, si me permites decirlo, la “madre de todos los contagios”. Viene del miedo.

Y, en este sentido y conectando con la anterior pregunta: ¿nos ha beneficiado de algo modo la confinación a causa del coronavirus?
Ya ni sé qué responder a esto, tal como es la avalancha de una “información” completamente frívola y contradictoria. Es de suponer que una parte de la población habrá buscado y encontrado potencias personales, psíquicas y corporales, que había olvidado, adormecidas dentro de cada uno. Desgraciadamente, estoy convencido de que el “sistema” (que es un registro de cada uno de nosotros) extraerá la conclusión exactamente contraria. Es decir, la necesidad de reforzar los mecanismos de miedo, de control y obediencia. Creo que algunos resistiremos bien la histeria que se nos viene encima, al fin al cabo ya conocimos todo tipo de dictaduras. Mi duda atañe al alcance de esa minoría dispuesta a dar la batalla por una vieja y sagrada libertad, con todos sus riesgos. Pero la verdad es que sin peligro la vida no vale la pena. Además, cuando crees sortearlo por un lado, cediendo en tu independencia primaria, reaparece por otro, en una dependencia social y estatal que es en sí misma cancerígena. Prefiero morir a causa de mi vida que a causa del mandato de otros. Que además te condenan a una muerte a plazos, mientras has de sonreír mirando a la cámara.

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