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¡Zas! Madrid | December 11, 2019

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El cuento de Herman Melville 'Bartleby, el escribiente', en una nueva edición de Nórdica - ¡Zas! Madrid

El cuento de Herman Melville ‘Bartleby, el escribiente’, en una nueva edición de Nórdica
Emilia Lanzas

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, ilustrado por Javier Zabala, con traducción de María José Chuliá

El «preferiría no hacerlo» («I would prefer not to») de Bartleby, el escribiente nos sumerge en un arquetipo nihilista de inmenso significado. El protagonista de esta narración se niega a trabajar, se niega a actuar, se niega a vivir. Su contemplación inactiva abarca el sinsentido de una humanidad siempre laboriosa

Paul Bourget lo concebía como la aparición y el crecimiento de una «gran enfermedad europea, un mortal cansancio de vivir, una tétrica percepción de la vanidad de todo esfuerzo». El final del cuento así lo testimonia: «¡Ay, Bartleby! ¡Ay, la humanidad!».

Nada sabemos de Bartleby —salvo que trabajó en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, de donde fue despedido por un cambio de administración—, es un personaje sin historia.

Por otra parte, el narrador del cuento, su propio jefe, es un abogado que tampoco tiene encuadre preciso en el mundo egoísta que habita; él es un personaje tan enigmático como el propio Bartleby, también solitario y con una existencia igualmente desconocida. El narrador describe a la figura de Bartleby con ternura: «pálida y pulcra, respetable hasta inspirar compasión, con un aire irremediable de desamparo». Ni Bartleby ni el narrador tienen mucho que ver con el Wall Street del siglo XIX, ni con las leyes de su tiempo, ni con el capitalismo, en general. El capitalismo teme al vacío, y es tan subversivo no querer hacer nada. Aunque, sin duda, en cualquiera de los mundos posibles, Bartleby, no tendría cabida.

Gilles Deleuze, en su ensayo Bartleby o la fórmula, declara: «La ley, las leyes, gobiernan sobre una naturaleza sensible secundaria, pero hay seres innatamente depravados que participan de una Naturaleza primaria y suprasensible, originaria, oceánica, que persigue a través de las leyes su propia e irracional finalidad —la Nada, la Nada—, y que no conoce ley alguna».

En Bartleby o la política del caos, Andrés Camilo Torres Estrada realiza una vuelta de tuerca: «La política del caos no es la de la inactividad, pues de nuevo sería encasillar la renuncia de Bartebly como una renuncia a la acción, como si optara o “prefiriera” la inacción. Y así, Bartleby se inscribe en la lista de personajes a quienes un hecho dentro de la vida humana los arroja a lo indeterminado y se les hace imposible vivir, actuando o no, contraria a aquella lista de perezosos e inactivos en la que muchos lo han incluido. Su actitud se escapa también de la oposición entre actuar y no actuar e inclusive entre la de querer actuar o no quererlo. Sus decisiones o falta de decisiones, sus acciones o falta de acciones, nada tienen que ver con la voluntad, la necesidad, ni siquiera la posibilidad».

Por todo lo expuesto, es más que evidente la pervivencia de Bartleby, el escribiente, publicado por primera vez en 1853, y cuando se acaba de cumplir, el 1 agosto de 2019, el bicentenario del nacimiento de Herman Melville.

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