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¡Zas! Madrid | March 30, 2020

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'Como un hueso de cereza', libro de relatos de Ana Fabregat: «el mundo no es como lo ves, sino como lo sientes» - ¡Zas! Madrid

‘Como un hueso de cereza’, libro de relatos de Ana Fabregat: «el mundo no es como lo ves, sino como lo sientes»
Emilia Lanzas

«Creo que somos el recuerdo que dejamos en los demás, de ahí la base de muchos de mis cuentos»

Ana Fabregat autora del libro de relatos Como un hueso de cereza (Editorial Adeshoras, 2019).
Ana Fabregat, autora del libro de relatos Como un hueso de cereza
(Editorial Adeshoras, 2019).

Ana Fabregat (Madrid, 1967) ha sido ganadora del primer premio de relato corto de La Casa Amiga en Cicera (Cantabria) con el cuento “Soledad en la luna llena” y finalista en el concurso de Cartas de amor del Ayuntamiento de Calafell. Da clases de Relato Breve y de Escritura Creativa en la Escuela de Escritores de Madrid.
Publicado en la editorial Adeshoras, Como un hueso de cereza es su primer libro, veintitrés cuentos que se completan con las ilustraciones de Lola Castillo.

Cuando el narrador habla en primera persona desde el personaje de un niño, como en el caso de los cuentos “El bicho bola” o “Jarein y el niño de agua”: ¿se abren todas las posibilidades?, ¿se produce con mayor acierto la lógica de la fantasía?
La idea de que hablen en primera persona es, sobre todo, para acercar el personaje al lector y que pueda meterse en su piel, sentir como él. De este modo, trato de generar emociones, de abrir puertas a la imaginación y me sirve para darle verosimilitud a la fantasía, para que el lector no llegue a dudar de la existencia de los niños de agua que ayudan a otros niños o de los bichos bola, que pueden volvernos invisibles. Esa primera persona es un truco también a la hora de escribir, porque me sirve para colarme dentro de mis personajes y que me cueste menos saber lo que piensan.

En algunos relatos como “Verde esperanza”, los protagonistas se esfuerzan por conservar su pasado y sus recuerdos, viven una especie de falsa identidad impuesta por una autoridad externa.
Creo que somos el recuerdo que dejamos en los demás, de ahí la base de muchos de mis cuentos. Esos recuerdos nos convierten en lo que somos y nos dan seguridad, pero si alguien quisiera robárnosla para volvernos más moldeables y tener poder sobre nosotros, lo más fácil sería privarnos de nuestra identidad. Se me ocurrió en “Verde esperanza” un mundo ficticio y apocalíptico de alguna manera, en el que se prohíben las palabras escritas para evitar los recuerdos. En ese escenario, una niña actúa como heroína y lucha contra las imposiciones externas para algo tan aparentemente sencillo como volver a estar con su padre.

Asimismo, en la mayoría de tus relatos muestras un entorno hostil junto a una especie de distorsión temporal y espacial.
Bueno, es parte de la fantasía que muestro en mis relatos: el mundo no es como lo ves, sino como lo sientes. Y esa percepción, por las razones que sea, puede llegar a ser muy hostil.

Las relaciones paterno-filiales están presentes en numerosos relatos de tu libro: “La poda”, con la figura paterna como mutilador; en “Crudo”, un monólogo interior en el que la madre se horroriza ante su hijo-perro; en “Blanco y negro”, en “Capitán América”… ¿La ficción como un proceso de desasimiento?
Me interesan mucho las relaciones porque a veces pasamos por alto lo que piensa el otro, dando por hecho que su cabeza funciona como la nuestra o que “lo normal” es lo que vivimos. Yo trato de sembrar dudas. Desprendernos de algo que es nuestro puede ser un proceso muy doloroso, porque en él perdemos también parte de lo que somos. En esos tres cuentos hablo de miedos y ficciono, desde distintos puntos de vista, situaciones extremas para que el lector se plantee hasta qué punto nos podemos desapegar y qué factura pagamos por esa pérdida.
En “La poda”, la niña protagonista se siente como el bonsái que le ha regalado su padre, en “Crudo”, la madre apenas puede reconocer a su propio hijo y en “Capitán América”, otra madre necesita agarrarse a lo que sea para vencer el temor a la pérdida.

¿Cuál es el lenguaje de los cuentos?
He intentado que todo el libro mantenga una misma voz. Soy fiel a una manera de narrar en la que no caben los artificios ni los engaños, pero sí la musicalidad y cierta lírica.

Intento llegar al lector de una manera directa, como quien comparte una anécdota o un secreto con un amigo en el sofá de su casa. Y será ese lector quien descifre el significado de cada cuento.

Como profesora de Relato Breve y de Escritura Creativa: ¿piensas que existen ciertas constantes aplicables a todos los cuentos?
Vladimir Propp, al analizar la morfología del cuento, mantiene que, todo lo que, procedente del exterior, penetra en el cuento, se somete a sus reglas y a sus leyes.
De alguna manera, todo está contado, porque otros ya hablaron antes de miedos, de amor, de celos o de hadas, pero cambia nuestra percepción sobre esos temas y mostramos nuestra propia visión de ellos, nuestra perspectiva.
Como autora, trato de mostrarle al lector el deseo de mi personaje y los obstáculos a los que se enfrenta para conseguirlo. Ese deseo con el que arranca una narración, junto con la manera de mostrarlo, será el culpable de que un lector se sienta atraído o no por una historia. Y creo que cuando conseguimos acercar el mundo ficticio tanto como para generar ese interés o despertar una emoción, nuestro objetivo está de sobra cumplido. Así que, cuando alguien me comenta que ha sufrido con un personaje o que le ha conmovido un relato, sonrío, satisfecha de haber traspasado, con mis palabras, la piel de ese lector.

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