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¡Zas! Madrid | July 24, 2017

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"Tal vez mis cuentos sean algo utópicos, pero están asentados sobre los cascotes de la realidad" - ¡Zas! Madrid

“Tal vez mis cuentos sean algo utópicos, pero están asentados sobre los cascotes de la realidad”
Emilia Lanzas

 

Volanderas, publicado en la editorial Tres Rosas Amarillas, es su tercer libro de cuentos. Sus dos libros anteriores fueron Amor del bueno y Nosotros, todos nosotros. También ha participado en las antologías Pequeñas resistencias 5 y Siglo XXI, Los nuevos nombres del cuento español actual, y en los libros de ensayo Chéjov comentado, Cuentos completos de Edgar Allan Poe y en Escritura Creativa. Cuaderno de Notas. Víctor García Antón es profesor en los Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja.

¿Cómo has evolucionado tú y, por extensión tu escritura, desde que en el 2004 ganaras el Premio Caja España con Amor del bueno?

Ahora escribo de forma diferente, pero no veo evolución en el sentido de que mi escritura vaya hacia algún lugar concreto. Encuentro un camino, que es como un árbol lleno de frutos y, cuando los recojo todos, me bajo y busco otro árbol. Con cada libro exploro unas posibilidades que acabo agotando.

En este libro, he explorado la primera persona del plural, una historia que refleja un mundo alternativo, la creación de cuentos cortos… Cuando decidí que ya no podía contar nada más, lo acabé. Por eso mis tres libros de cuentos son muy diferentes. Encuentro una manera de contar y eso me abre un camino que acabo agotando.

Víctor García Antón autor de 'Volanderas'. (Fotografía: Francisco Blanco)

Víctor García Antón autor de ‘Volanderas’. (Fotografía: Francisco Blanco)

Volanderas hace referencia a las octavillas propagandísticas. De hecho, al final de muchos de los relatos hay llamadas al lector para que participe en esa especie de construcción común.

Sí, es un intento de incluir dentro de la comunidad a los posibles lectores. Cada volandera es un aviso para ellos. También las llamadas o avisos están incluidos para rebajar lo literario en el texto. He pretendido hacer textos no literarios.

En mi opinión, no lo has conseguido. Los textos de Volanderas son estupendos cuentos y cumplen claramente una función poética.

¿No lo he conseguido? Es posible, pero al menos lo he intentado… Pienso que los textos de este libro no tienen la estructura del cuento; en ellos no hay planteamiento, ni nudo, ni desenlace. Tampoco hay tramas, algunos no tienen ni conflicto. Tal vez, si existe un conflicto, esté en el propio narrador. El narrador, que habla en primera persona del plural, tiene necesidad de contar lo que ocurre en su comunidad. Pero lo que cuenta son micro historias nada extraordinarias.

¿Te resultó difícil mantener la primera persona del plural?

Sí, porque quien habla es uno, pero no siempre habla en nombre de la misma entidad. A veces habla en nombre del local, otras de la asamblea del barrio, otras veces en nombre de la comunidad… El narrador va cambiando porque habla en nombre de personas diferentes.

La Comunidad está formada por círculos concéntricos: primero, está el Local, un grupo de personas que habitan una casa ocupada; de ahí se abre otro círculo que son los vecinos; de ahí otro círculo que es el barrio…

El narrador habla desde el punto de vista del que se inicia…

Sí, es verdad. El narrador quiere compartir su experiencia.

Una voz narrativa desde el nosotros y un espacio comunitario. Todo parece funcionar dentro de él y nada fuera. Solamente el egoísmo y el amor posesivo rompen la armonía de los habitantes del Local.

Ayer alguien me comentó, hablando de mi libro, “esa cosa que hay como de las clases…”. Ese comentario me encantó, porque le escocía. En Volanderas he querido exponer la lucha de clases, la diferencia tan enorme que existe entre el explotador (el Barrio Alto) y el explotado (la Comunidad).

Lo repites en varios cuentos: te resulta terrorífica la risa de los habitantes del Barrio Alto…

Sí, para mí esa risa representa la máscara. En el Barrio Alto todo tiene que estar siempre bien. Es algo que está muy unido con el marketing y las Relaciones Públicas. Siéntese como en su casa, te dicen. En el Barrio Alto quieren hacernos creer que cualquier persona puede triunfar, y eso es una gran mentira.

Por eso me gusta que en la Comunidad no haga falta sonreír.

Al único escritor que citas en el libro es a Slawomir Mrozek, ¿por qué?

Porque lo he copiado. Lo reconozco. A Mrozek y a Kafka los he copiado descaradamente. Respecto a Mrozek he intentado escribir con su misma sencillez en la sintaxis; también en lo político y en su escritura descarnada, sin adjetivos ni metáforas de situación. Él cuenta lo que cuenta.

Y de Kafka me gustan sus frases cortas; y de que él, por encima de todo, lo que desea es hacerse entender.

Si coges Amor del Bueno es todo lo contrario: frases subordinadas, metáforas alambicadas…

La forma debe estar unida a la historia. Si en Volanderas tratas de crear un texto propagandístico, el narrador no puede expresarse con un estilo alambicado, porque resultaría inverosímil. Mi libro tiene un fin utilitario. Soy consciente de que esto suena mal, y más en literatura. Pero he querido mostrar sibilinamente otro imaginario.

El texto está colando un imaginario que hoy en día resulta marginal. Pienso que en tanto en cuanto muestres ese imaginario creas esa realidad. El imaginario se debe mostrar como algo natural. Con la esperanza de que, a fuerza de decirlo, resulte cotidiano.

Es lo que dice Belén Copegui en Un pistoletazo en medio de un concierto cuando escribes un libro sobre la Alemania del Este, la gente lo ve como un panfleto; pero si hablas de una pareja que viaja en Porsche por las calles, eso nadie lo ve como propaganda. Copegui declara que a los novelistas  revolucionarios se les ha permitido que hablasen de política, pero a cambio de que no aspirasen a compartir el campo de lo novelable.

Por eso, un texto político revolucionario se debe escribir igual que lo hace el enemigo. Este escribe: “un hombre y una mujer que iban en Porsche recorriendo las calles”. De la misma forma, con total naturalidad, yo escribo: “Nuestras dos compañeras llevan varios días amándose en las cocinas del Local y no dan señales de vida”.

¿La vida del que escribe y el discurso que se escribe deben ser coherentes?

Sí, estoy de acuerdo. Kafka estaba harto de su padre y cuando escribe Cartas al padre muestra ese conflicto: esa verdad, esa coherencia, tiene para mí mucha importancia.

De lo cual deduzco que tú también lo eres.

No lo soy, pero me gustaría serlo. Yo conozco gente muy implicada, muy luchadora… Yo no estoy ahí, yo más bien contemplo… Y esto no lo digo desde el sentimiento de culpa, sino con el reconocimiento de la realidad en la que estoy. Yo no soy eso que cuento, pero sí me gustaría serlo.

Alguien dijo que en los tiempos que corren solo un cínico puede ser optimista…

Es cierto, pero ya existe demasiado discurso que cuenta la mierda en la que estamos inmersos. Yo, al menos, estoy harto de leer sobre la crisis, ya está todo dicho al respecto, y quien haya querido enterarse, ya se habrá enterado. Pienso que ahora hay que hablar de posibilidades.

Tal vez la historia que cuento sea algo utópica, en el sentido de que no existe, pero sí está asentada en los cascotes de la realidad. De los cascotes de la realidad surgirá la posibilidad de un mundo nuevo. Insisto en que he querido hacer un imaginario. Que todo lo que ocurre en el libro se convierta en algo habitual.

Mi discurso está en la política de lo cotidiano, de lo íntimo. Mi actitud militante va más por ese camino: por cómo amo, por cómo reciclo, por cómo me relaciono… Si no te transformas tú, no cambiamos nada.

¿Consideras que la literatura es y debe ser una herramienta para la transformación?, ¿la literatura tiene ese poder?

Estoy convencido de que sí. Pero sin convertir la literatura en algo utilitarista.

A mis alumnos les pongo un ejercicio que consiste en describir qué es lo que pasa habitualmente en un parque público. Y después les invito a escribir textos en los que describan qué otras cosas diferentes podrían pasar en esos mismos parques.

Si se crean muchos discursos de ese tipo, la realidad cambia. Vamos a un parque y hacemos lo que hacen los demás. Pero, por ejemplo, cuando en la Puerta del Sol la gente se sentó en el suelo y comenzó a debatir de política: eso creó otro imaginario. Antes de que ocurriese lo de Sol, habría sido impensable algo así.

La literatura contribuye a transformar y a crear otros imaginarios.

La palabra es creadora de mundos…

Sí, gotita a gotita.

¿Cómo se congratulan el individualismo del que escribe (el cierto solipsismo del escritor) con el espacio social y político.

No tengo ni idea. Pero pienso que lo que se lleva muy mal es el mundo del que escribe con el mundo de la farándula literaria; incluso en el cuento, que somos cuatro, se da también. Eso sí que es un total absurdo, a mí no me gusta nada.

La farándula literaria con la escritura es como el agua y el aceite.

Es como la pregunta esa de “para qué escribes”. ¿Te imaginas preguntándole a un carpintero, ¿para qué hace usted una silla? Esa idea romántica del escritor o de la persona que escribe me parece un poco ridícula.

Hay un libro estupendo de Fernando Cañero que se titula El deseo de ser alguien en la vida: ese es mi principal deseo cuando escribo. No hay un para qué, no hay un por qué. Yo escribo porque sí. Lo hago, es mi vida, y ya está.

¿Eres profesor de Escritura Creativa en Fuentetaja?, ¿se aprende a escribir?

Sí, sin duda, en un taller se aprende a escribir. Se le enseña al alumno a escribir una historia de manera eficaz. De hecho, yo aprendí a escribir en un taller. Además, en los talleres se acompaña al alumno para que vaya adquiriendo las herramientas estilísticas; también, algo que es muy importante, se le enseña a leer, a descodificar un texto, y a saber valorarlo.

Lo que sí creo es que cada vez más las personas van a los talleres de escritura no para aprender a escribir ni para ser escritores, sino para que un día a la semana, durante un par de horas, puedan hacer lo que les dé la gana, lo que les apetezca. Estamos hartos de lo que nos rodea y, ese espacio de unión y de creación, se convierte en su espacio. El taller literario es, sobre todo, un lugar de encuentro. Lo importante es el grupo.

Hay un cuento que titulas “Miguel Brieva”, ¿es el Miguel Brieva dibujante de cómics?

Sí, yo quiero ser Miguel Brieva.

Y, ¿por qué?

Porque me gusta. Me gusta lo que hace, cómo ha llegado a ser lo que es. Con Akal participó en tres estupendos libros de texto sobre Educación para la Ciudadanía que todos deberíamos leer. Le admiro, y eso que nunca he tenido el coraje de saludarle…

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