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¡Zas! Madrid | December 17, 2017

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'La vuelta al día' de Hipólito G. Navarro, un libro de cuentos entre la realidad y la ficción - ¡Zas! Madrid

‘La vuelta al día’ de Hipólito G. Navarro, un libro de cuentos entre la realidad y la ficción
Emilia Lanzas

●«Como el “almanaque” de Cortázar al que quiero hacer homenaje, el libro contiene un material muy variado, tan variado que me vi en la obligación de encajarlo en secciones para construir con ellas una criatura reconocible, con su cabeza, su tronco, sus entrañas y sus extremidades»

●«La sospecha que tengo es que esas raras construcciones mías, esa fascinación por los juegos estructurales descalabrados, esconden en realidad mi dificultad para contar de una manera más, ¿cómo diría?, sí, más lineal»

●«El humor ha sido una especie de armadura que me ha protegido del mal y del dolor desde que era un niño, desde el temprano accidente que me dejó medio manco y estrábico»

Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) es autor de los libros de relatos El cielo está López, Manías y melomanías mismamente, El aburrimiento, Lester, Los tigres albinos y Los últimos percances (2005, Premio Mario Vargas Llosa NH a mejor libro publicado), y de la novela Las medusas de Niza (Premios Ateneo de Valladolid 2000 y de la Crítica andaluza 2001). Con la antología El pez volador recibió el Premio El Público de Narrativa 2009. Durante los años 1994 y 2001 editó la revista Sin embargo, dedicada al cuento literario. Fue el responsable de la edición de los cuentos completos de Fernando Quiñones, Tusitala. Sus relatos, traducidos a diez idiomas, están recogidos en numerosas antologías del género en Europa y Latinoamérica. Páginas de Espuma acaba de publicar su sexto libro de cuentos, La vuelta al día.

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Indicas en el prólogo que cuando publicaste Los últimos percances, en 2004, una parte secreta de ti había dado por cerrado el «kiosco de la ficción». Ahora, doce años después, sacas La vuelta al día, un nuevo libro de cuentos con fuerte contenido autobiográfico. ¿Tal vez la realidad y la ficción se fusionan entre sí de tal manera que resulta difícil distinguirlas?

La realidad y la ficción habían venido juntándose en mis cuentos sin yo saberlo desde hace mucho tiempo, casi desde los comienzos mismos de mi querencia por emborronar papeles. Lo que ocurría es que, por fortuna, yo no me percataba de que existiera ese solapamiento, y escribía alegremente y a espita abierta, creyendo que era ficción y solo ficción lo que salía de mi cabeza, guiada por una imaginación desbordada y loca. Fue mi amigo Javier Sáez de Ibarra quien me descubrió el pastel en 2008 con la preparación de la antología El pez volador, al señalarme que por debajo de las tramas de mis cuentos encontraba camuflados algunos pasajes más o menos incómodos de mi biografía. Algo había intuido yo un poco antes, no vamos a engañarnos, pero la conciencia neta de todo eso no la tuve hasta que Javier me la puso a las claras delante de las narices, sin anestesia, como quien dice. Desde entonces mi particular kiosco de la ficción anda en horas bajas, medio desmantelado, y empiezo a tirar de recuerdos y experiencias antes que de aquella imaginación que yo suponía inagotable y ahora vislumbro adoquinada y seca. En algunas partes de La vuelta al día me he tenido que emplear a fondo para fusionar realidad y ficción, para que al lector le sea difícil distinguir entre una y otra, y esconder así lo más escabroso de lo autobiográfico. En otras partes, sin embargo, no me ha importado aparecer a pelo, desnudo, para contar algunas intimidades y emociones verdaderas.

 

Respecto a los cuentos en los que hablas de tu pasado, ¿crees en el poder transformador de la narración?

Un poco, sí. En su poder sanador, sobre todo. Ya que no es posible transformar los hechos, cambiemos la percepción que de ellos tenemos y tuvimos entonces. A la labor propia de la memoria, de su capacidad para ir suavizando las aristas del pasado a medida que pasa el tiempo, la narración añade otra capacidad extraordinaria: poder reconstruir ese pasado como mejor nos venga en gana. Yo ahora, tras la escritura de algunas docenas de cuentos, empiezo a dudar de todo y soy incapaz a veces de separar las cosas tal como pasaron de cómo me conté a mí mismo que pasaron.

El escritor Hipólito G. Navarro, en la Feria del Libro, de Madrid. (Fotografía de A. Mejías).

El escritor Hipólito G. Navarro, en la Feria del Libro, de Madrid. (Fotografía de A. Mejías).

El libro está compuesto de cinco secciones, cada una con su título. ¿Qué representa cada una de ellas? La quinta sección, titulada como el libro, La vuelta al día, recoge, como en La vuelta al día en ochenta mundos de Julio Cortázar, una realidad caleidoscópica. Tú mismo lo dices en tu cuento Mucho ruido y pocas nueces: «La realidad tiene más ángulos de los que uno imagina».

Como el “almanaque” de Cortázar al que quiero hacer homenaje, el libro contiene un material muy variado, tan variado que me vi en la obligación de encajarlo en esas secciones, para construir con ellas una criatura reconocible, con su cabeza, su tronco, sus entrañas y sus extremidades. Se trata de una necesidad más mía que de mis lectores. Ellos son más libres que el autor y leen sin necesidad de guías ni compartimientos. Soy yo quien necesitaba de esa organización para comprender a mi criatura y entenderme con ella.
La sección de apertura, “Ángeles de la guarda”, contiene tres historias sobre los ángeles de la guarda verdaderos, de carne y hueso, que me ayudaron a superar la grisura de los años 60 y 70 de mi infancia y adolescencia en los pueblecitos de la sierra onubense, los amigos que me enseñaron a amar la pintura, la música, la literatura…, las disciplinas artísticas que le prestaron el color que le faltaba a aquellos tristes años finales del franquismo.
La segunda, “En el fondo de la memoria”, agrupa un puñado de cuentos muy queridos, cuentos que llevan conmigo muchos años, escritos y reescritos mil veces, que había guardado con vergüenza porque son cuentos que tratan de la alegría y de la felicidad, que son dos cosas de las que no se debe escribir, según argumentan los que entienden.
“Los artistas cautivos”, la tercera parte, es una reparación: con los cuentos incluidos ahí, cosidos con forzados hilos, había construido yo una novela hace algunos años, y desde entonces sentí que había traicionado a mi género favorito. Ahora los he devuelto a su condición original de cuentos, tal como nacieron y fueron escritos en verdad.
La cuarta parte, “Cuidado con quién se junta”, es una agrupación de piezas que yo llamo “de inspiración ajena”, pues fueron escritas con pie forzado, por encargo de tres amigos para otros tantos volúmenes colectivos.
Y la última, que da título al libro entero, insiste en el carácter de caleidoscopio del volumen, como muy bien apuntas, y en ella se mezclan cuentos de mucha broma y juego estructural con otros muy personales y netamente autobiográficos. No me pude resistir a mi querencia por imaginar títulos y a esta sección le puse también un subtítulo, muy clarificador, creo: “Texticulario íntimo para incondicionales”.

¿Cómo concibes tus estructuras narrativas no lineales? ¿Cómo creas desde la improvisación?

La sospecha que tengo es que esas raras construcciones mías, esa fascinación por los juegos estructurales descalabrados, esconden en realidad mi dificultad para contar de una manera más, ¿cómo diría?, sí, más lineal, más normal, apilando los materiales en orden, con su inicio, su nudo y su desenlace. Algo tendrá que ver mi manera de trabajar, improvisando desde la primera línea hasta la última, sin saber nunca adónde me llevan los personajes y las historias mismas que ellos me regalan. El estrabismo me ayuda bastante, y la mano quemada también. Lo digo muchas veces como una broma divertida, que pertenecer a la mancomunidad de escritores mancos es muy bueno para tener mano izquierda con mis propias criaturas, y que ser bizco me permite tener siempre dos puntos de vista simultáneos sobre una misma historia, pero a lo mejor no hay tanta broma en eso y ahí reside precisamente todo el secreto de mis composiciones.

El humor es consustancial a tu literatura, ¿cómo definirías tu humor? ¿Piensas como Freud que el humor no solo tiene mucho de liberador, sino también de sublime y elevado?

El humor ha sido una especie de armadura que me ha protegido del mal y del dolor desde que era un niño, desde el temprano accidente que me dejó medio manco y estrábico. Gracias a él no me convertí en una persona triste y retraída. Desde muy temprano me ayudó a reírme de mí mismo, de mis tragedias personales. Sin él no hubiese podido soportar el alcoholismo de mi padre, su lento suicidio, su desaparición cuando cumplí los 16 años. Con la protección del humor he podido escribir sobre estos asuntos terribles sin apenas darme cuenta, y hasta ofrecerlos sin angustia alguna a mis lectores en este libro envueltos en ternura y más de una sonrisa. El humor continúa ayudándome en cada momento del día. No sabría definir algo que está adherido a mí como una segunda piel, ni me atrevería a decir eso que afirma Freud. En literatura, lo he repetido en muchas ocasiones, creo que el humor actúa como un buen conservante. Los textos que no contienen al menos unas gotas de humor acaban caducando al cabo de un tiempo.

 

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