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¡Zas! Madrid | November 22, 2017

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Julio Jurado y 'El Bombardero azul': «La vida es como una pared a la que estamos continuamente golpeando» - ¡Zas! Madrid

Julio Jurado y ‘El Bombardero azul’:  «La vida es como una pared a la que estamos continuamente golpeando»
Emilia Lanzas

Julio Jurado acaba de publicar su segundo libro de cuentos: El bombardero azulSusana Noeda, editora de Adeshoras, confesó en la presentación del libro, que se sintió atraída desde el primer momento por el manuscrito. También su ilustrador, el pintor Norberto Fuentes, quien dijo haber sentido fascinación desde la lectura del primer cuento. 

Literatura en absoluto convencional; romántica y distópica y, paradójicamente, todo lo contrario, como señaló Inés Mendoza en la presentación. La escritora también declaró que este tipo de libros requieren de un «lector profundo, con musculatura»; un libro con alma que responde a una lógica onírica. Literatura del absurdo, de la irrealidad real; literatura combativa.

Julio Jurado, autor de ‘El bombardero azul’. Fotografía de Eduardo Cano.

Julio Jurado, autor de ‘El bombardero azul’. Fotografía de Eduardo Cano.

 

 

  • Deberíamos hacer un esfuerzo (yo el primero) y empaparnos de esa otra literatura que ha trascendido, y buscar aquella que se encuentra en los márgenes y que no siempre le ha interesado a este elástico mundo que nos acompaña
  • Sería muy interesante que el lenguaje literario evitara la reproducción, la fotocopia de aquello que nos ofrecen como algo que hay que asumir como nuestra propia realidad. Yo no quiero estar de acuerdo con esto. Porque esa es la realidad del otro

¿Subvertir la narración convencional ha sido uno de tus planteamientos para crear El bombardero azul?

Cuando empezó a tomar forma la primera parte del libro de cuentos, me sentía poco solidario y, por lo tanto muy influido por el conformismo ciego de una literatura que, sí, podríamos denominarla convencional. Literatura generalmente muy bien escrita pero recurrente, vacía de contenido social y con poco poso literario. Me refiero a que en la retórica de la mayoría de narradores actuales —por lo menos a los que he podido leer— hay casi siempre una cierta distancia yo diría que convenientemente amoral; una falta de conciencia sobre todo aquello que nos hace ser y que debería impregnar nuestras historias de rebeldía y de esa angustia vital que ha acompañado en todo momento al ser humano y a la Literatura, y que tendría que haber dejado en nosotros unas huellas hirientes. A mí me parece que el lenguaje literario debería atravesar, y hoy más que nunca, ese entramado de emociones e imágenes que nos asaltan a diario a través de los medios de comunicación. El cine y la televisión, por ejemplo, tienen su funcionalidad artística, yo no voy a decir ahora lo contrario, pero también comprometen y alienan —por la repetición— nuestro “estar” en el mundo. Sería muy interesante que el lenguaje literario evitara la reproducción, la fotocopia de aquello que nos ofrecen como algo que hay que asumir como nuestra propia realidad. Yo no quiero estar de acuerdo con esto. Porque esa es la realidad del otro.

 Ilustración de Norberto Fuentes para el cuento ‘Falsa Moneda’.

Ilustración de Norberto Fuentes para el cuento ‘Falsa Moneda’.

Las normas y leyes que pretenden aceptemos como inexorables; esta realidad que aparenta poseer un sentido, ¿se rompe con la literatura del absurdo?

Es una buena forma de hacerlo. Eso creo al menos. Pero no la única. En el libro se recorren otras maneras de hacer que surgen de la relación entre un mundo normal y el sujeto descolocado; quizá pueda parecer un libro duro, perverso y cruel en algunas de sus etapas, pero me pareció necesario emplear ese espíritu cercano al Romanticismo, más bien decadentista. Esto podría desconcertar un poco a algunos lectores por ese alejamiento de la realidad ya metidos de lleno en el siglo XXI. Mis cuentos no quieren ser un fragmento de esa realidad, sino más bien el desarrollo de unas historias en tanto reflexión sobre la realidad. En ellos no se ofrece un mundo acabado, completamente hecho, cerrado sobre sí mismo, y visto, oído y leído hasta la extenuación.
Me gustaría pedirle al lector que participase de algún modo de la creación de estos cuentos; que los odie si le molestan, que imagine a su vez la obra en su conjunto, y que pueda reinventarla con lo que mejor le parezca.
Los panfletos en literatura no están muy bien vistos. Yo pienso que a veces son necesarios, pero considerar a la literatura con poder para transformar el mundo puede resultar hoy en día bastante ingenuo. Sobre todo porque la educación, la cultura del individuo no le interesa mucho a los poderes fácticos; y porque se lee muy poco, ni siquiera lo hace quien disfruta más con generar sus propios libros de ficción (no siempre es así, claro). Espero que no se enfade nadie, pero creo no equivocarme si digo ahora que no es suficiente con ponerse a escribir aquello que nos mana de nuestra mente. Deberíamos hacer un esfuerzo (yo el primero) y empaparnos de esa otra literatura que ha trascendido, y buscar aquella que se encuentra en los márgenes y que no siempre le ha interesado a este elástico mundo que nos acompaña. Si hiciéramos esto no tengo ninguna duda de que nuestra actitud ante la vida sería otra, y mejorarían mucho nuestros escritos al no exigirle solamente estereotipos.
Esta perorata (sin lógica ni sentido) viene a cuento porque la literatura del absurdo es una de las formas que he encontrado para mostrar mis inquietudes. La vida es como una pared a la que estamos continuamente golpeando. Y «la razón ha levantado esas paredes para protegernos del caos. Porque detrás de estas paredes está el caos, está la nada». Eso dice Ionesco: «Son la frontera entre lo que hemos conseguido de este mundo, y el vacío».

Explícanos el porqué de la división de tu libro en tres partes: la primera con siete cuentos, la segunda con un único cuento, el que da título al libro, y la tercera con dos cuentos más.

La escritura es algo imprevisible. No se puede medir y decir: “Ya tengo hecho un libro”. En mi caso, y espero que no parezca demasiado arrogante, surge de la necesidad de indagar en todos esos aspectos que envuelven a un escritor. Incluso en sus contradicciones en el momento de iniciar un nuevo texto. Me gusta suscitar emociones contradictorias en el lector y provocar al mismo tiempo una cantidad desproporcionada de polémicas en torno a su significado. De ahí esas tres partes, unidas por un sistema circulatorio bastante empobrecido. «Hay que destruir el mundo; está corrompido, lleno de fealdad… la muerte», decía Antonin Artaud. ¿Por qué no, entonces, destruir desde el principio un libro de cuentos?

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Eugène Ionesco, autor que homenajeas en tu último cuento, declaró: «Estoy frente al mundo como delante de un bloque opaco y me parece que no entiendo nada de nada y que, de hecho, no hay nada que entender». Creo que la mayoría de los protagonistas de tus cuentos piensan exactamente igual que él.

Estoy muy de acuerdo con esta cita y creo que ya he adelantado algo de esto en una respuesta anterior. Ionesco como toda la literatura del absurdo, deforma la realidad porque se niega a idealizar la realidad. Yo he querido hacer algo parecido. Por eso, los personajes del libro de cuentos El bombardero azul no quieren confrontarse con esa realidad que les ha sido dada, pero sí van, en cambio, a transitar sobre ella como seres libres que se reparan continuamente. Hacen lo que hacen porque son supervivientes de ese nada que no se quiere o no se puede entender. No se sienten victimas y no se aferran jamás a los recuerdos. La sociedad se defiende con las reglas de la moral, y estos personajes se defienden con sus propias reglas de esa moral. Es su cobijo natural.

El concepto del amor a primera vista sustentado en la experiencia física de la excitación sexual, suele dar paso a una mujer iniciática que, en algunos cuentos, se convierte en un personaje alegórico.

Los personajes femeninos en mis cuentos son siempre muy importantes, eso he pretendido al menos. Son en unos casos salvadoras, protectoras; en otros vengadoras, renovadoras de situaciones significativas; y también son maltratadoras, porque asumen tanto la compasión como la perversidad, inseparables al ser humano, para desorientar o estimular el reverso natural (masculino/femenino) que se trasluce en las diferentes historias de este libro de cuentos. Reacción o revolución. Siempre por delante del organismo “hombre”, incapaz hasta ahora de dar cierta coherencia a la metáforas de la existencia. El hombre se excita y pide o decide, y la mujer se carga de simbolismos para atender o desatender ese autoritarismo que tanto nos sobrecoge.

La ironía, algo siniestra, que utilizas en la mayoría de tus cuentos confiere una oblicuidad muy interesante al lenguaje como, por ejemplo: «Deshacerme de mi padre en tiempo de elecciones resultó un poco embarazoso… ».

Cuando escribo no puedo evitar impregnarme de las lecturas que he llevado a cabo. Y surgen estas respuestas cargadas de ironía en mis textos. La que tú mencionas es una reacción lógica a la psicología de manual que se derrama imperturbable en muchos narradores. Si me cargo al padre desde un principio, ya no es necesario que hable después de él si no se ha convertido en un fantasma. Repetición, fotocopia, qué cansinos somos a veces. “¿Tengo que explicarlo y decir que no cambia nada importante en todas estas historias se cuenten como se cuenten? ¿Esta pasividad mental que se interpreta no es el resultado de una distracción considerable por todas esas cosas que nos acorralan y nos absorben? Caras grises y aburridas. Sólo veo eso”. (Fragmento del cuento Falsa moneda).

¿Tus protagonistas: asesinos, vagabundos, lisiados…, tienen mucho que ver con los personajes de Samuel Becket otro de los autores que citas, en cuanto a la desintegración y pérdida del yo beckettiano?

Yo no los describiría así. A la mayoría de ellos les encajan bien estos arquetipos marginales; sin embargo a mi me sugieren semblantes propios de una sociedad atávica, porque siempre regresamos a los orígenes. Son seres desarraigados, sí, sin una ubicación clara en el tiempo y en el espacio. Por lo tanto, beckettianos, por qué no. Pero tienen sus profesiones como cualquier otro miembro de la sociedad. El asesino de El coleccionista de carteras lo es porque le han despedido y quiere mantener su status y una afición que le otorga sentido; el protagonista de Cicatrices se convierte en matarife porque ya no se necesitan (en esa época) obreros de la construcción pero sí individuos que acaten los protocolos de uso como miembros activos de la sociedad. El sicario que se disfraza de lobo feroz desarrolla su trabajo con la mayor naturalidad en ese mundo posible. Sirvan estos tres casos como ejemplo. Son personajes que padecen el mundo; no lo juzgan y menos lo comprenden. Se mueven en una cada vez confusión mayor y hacia un mayor orden/desorden según pasa el tiempo de la narración.
Hechas estas matizaciones que he considerado necesarias, sí te reconozco una sumisión cercana al expresionismo kafkiano, afirmación mucho más próxima al sueño y a la imaginación que al mundo exterior.
En el cuento El bombardero azul, sí se irrumpe, y de una forma bastante escandalosa y a la vez partidaria, en ese espacio atemporal y atmosférico en el que Samuel Beckett es todo un maestro. Y las alusiones y señales que atraviesan toda la historia son evidentes y no se ocultan, llegando incluso a un cierto descaro por mi parte. Pero también hay algún que otro homenaje a otros autores que no voy a descubrir yo ahora.

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