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¡Zas! Madrid | July 24, 2017

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"En cuanto a la crítica literaria no cabe hablar de incompetencia, sino de miseria moral y de falta de honradez intelectual" - ¡Zas! Madrid

“En cuanto a la crítica literaria no cabe hablar de incompetencia, sino de miseria moral y de falta de honradez intelectual”
Emilia Lanzas

Entrevista a Manuel García Viñó, el fiera literario 

A finales del pasado año, falleció el crítico y novelista Manuel García Viñó. Desde La Fiera Literaria fustigó los malos libros oficiales y la farsa de las grandes editoriales y de los premios multitudinarios. Esta entrevista póstuma, realizada un mes antes de su muerte, quiere ser una especie de homenaje. Manuel García Viñó quiso enseñar a leer, mostrar el camino para discernir entre lo que es solo marketing de lo que supone la gran literatura

¿Quiénes formáis La Fiera Literaria?

Eso, en principio, es un secreto, aunque el hecho de que me hagas esta entrevista significa que no es tan hermético como hubiésemos deseado. Quizá te interese saber que la mayoría de los fieras no se conocen entre sí. Y otra cosa: en La Fiera nunca han colaborado más de seis personas a la vez. Pues bien, las seis de ahora no son las seis de, por ejemplo, 1999.

Aunque seguís en Internet habéis dejado de distribuir vuestro libelo en papel, ¿ha sido por problemas monetarios?

Esto ha levantado algunas suspicacias. Incluso ha habido quien lo ha interpretado casi como una desaparición de La Fiera. La verdad sencilla es que La Fiera de papel requería muchísimo más trabajo que la digital, pues tenía mucha “oficina”. Y aquí todos tenemos otras ocupaciones. Hemos resistido varios años sacando las dos ediciones, hasta que, comprobado que en Internet teníamos diez veces más lectores, pensamos que no merecía la pena mantener la versión impresa. Dicho esto, te confieso que he sido uno de los dos últimos en aceptar la desaparición del boletín de papel, que voy a echar mucho de menos.

Denunciáis la reducción del libro a la categoría de valor de cambio, ¿qué consecuencias tiene algo así?

Esa es sin duda la consecuencia más nefasta de la Industria Cultural, la conversión del libro en una mercancía. De hecho, La Fiera nació como lo que el profesor Vidal Beneyto consideraba un elemento de resistencia a la Industria Cultural. Un gran editor, Giulio Einaudi, dijo una vez: “Un libro se publica si es bueno y no se publica si no lo es, y toda consideración comercial ha de plantearse después de la decisión puramente literaria”. Ahora, y desde hace mucho tiempo, los editores, y sobre todo los editores de novelas, hacen al revés. “Fabrican” un escritor de éxito, por múltiples procedimientos que sería largo enumerar, y, aunque produzca novela-basura, le aplican las técnicas del marketing y lo convierte en un bestseller.

Desde el Centro de Documentación de la Novela Española y desde el Círculo de Fuencarral lleváis a cabo lo que vosotros denomináis crítica acompasada. Mediante este método mostráis, no solo la vaciedad de conceptos e ideas, sino también las faltas ortográficas, sintácticas, etc., de los más aplaudidos autores españoles.

Quizá haya que decir, para el lector que no lo sepa, que la crítica acompasada se llama así porque se va haciendo al compás de la lectura. Las críticas resultan largas, pero no se escapa nada. Por ende, conforme se va haciendo el comentario, se va haciendo teoría de la novela. Respecto a tu pregunta, tengo la impresión de que aquí se juntan las dos cosas: ineptitud de los escritores, aunque haya tontorronas como Espido Freire, que organiza un Taller para enseñar a “democratizar la Literatura” (¡será ignorante!) y la intención de los editores de seguir la “fórmula” del viejo Lara cuando, lo recordarás, hablaba de hacer novelas que entendieran hasta las porteras. Ningún editor español publicaría hoy a Kafka ni a Huxley.

En la Real Academia de la Lengua, institución que, se supone, defiende la pureza y grandeza del idioma, denunciáis la presencia de personas como Juan Luis Cebrián, Pérez Reverte, Muñoz Molina, Soledad Puértolas… Asimismo, denunciáis el apoyo del gobierno y de la monarquía a los grandes premios literarios que, aparte de ser un fraude, divulgan mala literatura. ¿Se pretende nuestra ignorancia desde el poder?

Y Javier Marías, no lo olvides, que es el peor de todos y el antiacadémico por antonomasia, pues destroza la sintaxis y confunde el significado de muchas palabras. Y que hizo un discurso de ingreso en la Academia por el que más bien lo deberían haber expulsado… Una pura incoherencia y un montón de chorradas. En cuanto al apoyo del gobierno y la Monarquía a todo ese tinglado se ve claramente en la asistencia de las ministras de cultura y de miembros de la familia real a la fiesta de chanchullos como el fallo del Premio Planeta, un manejo de un editor sin escrúpulos para obtener publicidad gratuita y vender libros. Es tercermundista que se considere un hecho cultural que un comerciante convoque un concurso para premiar un libro que él mismo va a editar, de un “escritor” con el que previamente se ha conchabado. ¿Que si se pretende nuestra ignorancia desde el poder? Yo creo que sí, pero eso no sólo en el mundo de la literatura. Al poder económico y político le interesa un pueblo inculto y, por lo tanto, manipulable. Los premios Cervantes, por ejemplo, son también hechos políticos, en los que la cultura de verdad no juega ningún papel.

Vuestra crítica está, básicamente, orientada a la novela española, ¿pero piensas que la vaciedad se extiende al resto de la literatura y del arte?

No tengo elementos de juicio para pronunciarme con seguridad sobre ese punto. Pero te puedo decir que con nosotros colabora un fiera francés, profesor de literatura española, y opina que sí, que en Francia está pasando lo mismo. Pero yo creo que el carnaval que se ha organizado aquí no puede tener igual. Que un inepto como Javier Marías, que ignora la gramática más elemental, que confunde el significado de las palabras, que cuando medio acierta es para decir una chorrada, sea el escritor estrella es algo difícil de imaginar en otro país de la Europa culta. La Academia es un club social y una editorial. Por eso ha hecho pasar a un inepto como Cebrián por encima de don Antonio Quilis, el más grande fonólogo que hemos tenido y al que quienes deberían haberle tenido veneración le cerraron el paso.

 Vuestra resistencia cultural, ¿por quién es apoyada?

Que yo sepa, por periodistas inteligentes como tú y por nuestros lectores. Es inconcebible que, persiguiendo lo que perseguimos, que es la honradez intelectual y la auténtica literatura, tengamos la encarnizada enemiga de los directores y críticos de los suplementos culturales de los periódicos más influyentes, como Babelia, ABC Cultural y El Cultural. Y de profesores de Literatura como Mainer, Pozuelo Yvancos, Sanz Villanueva, Basanta, Darío Villanueva, Jordi Gracia, Ignacio Echevarría, etc. Yo comprendo que esas publicaciones tengan que supeditar sus juicios, hasta cierto punto, a la publicidad de la que viven. Pero se deberían alegrar de que los críticos independientes no nos pongamos una mordaza. Y, sin embargo, es evidente que nuestra existencia les molesta. Muchas veces, se quejan de que en España no hay debates culturales. Nosotros planteamos muchos. Como si nada.

¿Habéis recibido amenazas directas?

Amenazas directas no hemos recibido. Pero te puedo decir que toda persona de la que se sospecha su cercanía a La Fiera Literaria es objeto de un implacable silenciamiento. Si a unos suplementos literarios que fundamentalmente se ocupan de novela les debería interesar un libro sería uno sobre La novela española del siglo XX. Por delante de cualquier otro ¿no? Pues bien, yo he publicado ese libro. Y no he tenido ni una mención en las listas de novedades. Aquí no cabe hablar de incompetencia, sino de miseria moral y de falta de honradez intelectual. Y hay un caso más sangriento: Juan Ignacio Ferreras, que es la persona que más sabe en el mundo de la novela española de los siglos XVIII y XIX –también de otros siglos–, ha publicado el año pasado un Historia de la Novela Española desde los orígenes hasta la actualidad en nueve tomos, tres de ellos, catálogos. ¡Ni una línea!, mientras se ocupan de la poesía de Zimbawe y los novelistas del Congo. Este país no tiene remedio. De ser un país de catetos, pasó a ser, con el advenimiento de esta falsa democracia, un país de horteras y nuevos ricos. Ahora se está convirtiendo en un país de gansters.

En tus estupendos libros Teoría de la novela (editorial Anthropos) y La novela española del siglo XX (editorial Endymión) declaras que en España, y a pesar del Quijote, no se han escrito novelas. Arguméntanos el porqué.

Ya don Juan Valera se quejaba de que el genio español, “hasta poco ha”, parecía negado para el género novelístico. También don Ramón Ledesma Miranda dijo algo parecido en una conferencia que yo le organicé en el Ateneo de Madrid, allá por los primeros 60. Y está el hecho de que, entre los últimos brotes de la picaresca y La gaviota, de Fernán Caballero, transcurren dos siglos de casi total vacío novelístico. La verdad, no sé a qué se puede deber esto. Pero lo cierto es que casi no se puede hablar de una novelística española hasta poco antes de la guerra civil.

En La gran estafa (editorial Vosa) expones cómo los autores actuales de novela: Javier Marías, Eduardo Mendoza, Almudena Grandes, Lucía Extebarría, Rosa Regás y un largo etcétera, hacen literatura basura. Con mucho humor, un profundo estudio y la aportación de datos objetivos lo argumentas ampliamente en el libro. ¿Querrías realizar un resumen de por qué estos escritores no merecen tal nombre?

Pues simplemente porque no tienen aptitudes. Todos ellos son conocidillos por otras razones. Sobre todo, por ser columnistas en diarios que están relacionados con grandes editoriales. Y aquí la gente cree que hacer novela no consiste más que en ponerse a contar cosas. Por eso se han enganchado al realismo costumbrista… Esto sí que es posible que haya pasado en todas partes. El siglo XX conoció un auge de la novela universalista, intelectual, con ideas y con valores estéticos. Valores que no se apoyan en la prosa, sino en la composición y el extrañamiento. Nunca había llegado el género más lejos ni mal alto. Todo ello se lo cargó la comercialización de la novela de entretenimiento, que se dio, antes que en ningún otro sitio, en los Estados Unidos y los demás han copiado. No sé de ningún autor español de éxito que haya reflexionado sobre el género novela.

En El País, la cultura como negocio (editorial Txalaparta) denuncias cómo este periódico, vendiéndose como abanderado de la progresía y de la izquierda, ha realizado grandes negocios, algunos no muy limpios…

Así es. Recordarás que hubo una época en que la gente como nosotros leía El País porque era el único periódico en que se respiraba un poco de progresismo. Poco a poco, empezó a limitar su progresismo al terreno religioso y, sobre todo, al moral, defendiendo el divorcio, la eutanasia, el aborto, pero escorándose cada vez más hacia el neoliberalismo, el capitalismo puro. Es curioso constatar que, en un país donde todos los medios son de derechas, este que un tiempo mantuvo un cierto progresismo, sea el que más enconadamente se dedique a desacreditar los regímenes latinoamericanos de izquierdas. Hubo un tiempo en que quienes lo hacen y los colaboradores en general se hubiesen declarado republicanos. Hoy son todos fervorosos monárquicos.

Respecto a tu amplia obra de ficción, ¿qué crees que aporta a la literatura?, ¿piensas que tus novelas y libros de poesía suponen una innovación, un paso adelante en la creación literaria?

Siempre he procurado estar en una posición que mereciese una descripción como la que has hecho. Lo que haya logrado lo dirá, mejor que yo, el grupo de profesores, críticos y escritores que colaboraron en el número monográfico que dedicó a mi obra la revista Anthropos. Creo que innovamos, sí. Y lo digo en plural porque no fui yo solo. Lo hicieron también Carlos Rojas, Andrés Bosch, Antonio Prieto, José Vidal Cadellans, José Tomás Cabot, Manuel San Martín, Antonio Risco, José Luis Castillo Puche, Fernando Gutiérrez, Juan Ignacio Ferreras, Claudio Bassols, José María Castillo Navarro…  La mayoría, sin conocer a los demás, tras la empachera del realismo social, el costumbrismo, el tremendismo y el casticismo, decidió por su cuenta hacer una novela intelectualista, con ideas y con innovaciones técnicas que permitieran la creación de valores estéticos. Aquí, como creo que en otras partes, los logros se los cargó la industria cultural, por medio de los pseudoescritores que se avinieron a ponerse como objetivos el dinero y la popularidad.

¿Cuáles son los autores españoles actuales que, crees, merecen ser leídos?

Bueno, mi especialidad, desde que existe La Fiera Literaria, son los que no lo merecen. Pero bueno, por lo que he ido viendo un poco marginalmente, creo que hay un grupo de escritores serios, que intenta hacer, y hace, literatura, como pueden ser Belén Gopegui, Adelaida García Morales, Carlos Rojas, Juan Ignacio Ferreras, Javier Tomeo, Vila Matas, Gregorio Morales, Antonio Enrique, Francisco Morales Lomas… Y gente que apenas ha despuntado, pero lo ha hecho bien, como Miguel Baquero y José Marzo. Puede que haya más, pero conocidos solo por su familia, porque hoy, quien no esté en el campo acotado por la industria cultural, es como si no existiera.

Serán muy pocos, la verdad, porque, por lo que se ve, los jóvenes tienden a seguir las huellas de los bestsellerados. Lo curioso, como he dicho en más de una ocasión, es que los comerciantes de la edición, pudiendo ganar el mismo dinero con productos más dignos, prefieren hacerlo con basura.

Y, para redondear la “lección”, terminaré diciendo que, según los criterios críticos del Círculo de Fuencarral, Almudena Grandes, Antonio Muñoz Molina, Juan Manuel de Prada, Lucía Etchevarria, Rosa Montero, Eduardo Mendoza son escritores mediocres. Javier Marías y Pérez Reverte, los dos camelos más grandes que ha lanzado la industria cultural. Dos estafas. Finalmente, Elvira Lindo, Rosa Regás, Maruja Torres y Juan Luis Cebrián no tienen ni siquiera ubicación en el basurero. Lo que publican estos cuatro es sonrojante. Y más sonrojante todavía es lo que escriben sobre ellos esos a los que llaman críticos literarios.

 

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