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¡Zas! Publicación de Periodismo Social y Cultural | May 23, 2017

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«Espero que esta “materia oscura” en que ahora estamos atrapados sea nada más que una situación transitoria»

Emilia Lanzas

Entrevista a Ángel Zapata, sobre su último libro Materia oscura

. «Todos tenemos la experiencia de esos textos que “nos tocan” aunque no sepamos lo que “dicen”. O hasta que nos tocan precisamente porque dicen algo que cae fuera del saber»

. «La gran mayoría de l@s escritor@s de ahora realiza una narrativa plana, infantil, corroborativa, insulsa, cuya cerrazón sobre una normalidad mostrenca y una sensibilidad estandarizada traduce su situación pasiva de clase-tapón, sin vida, sin futuro y sin esperanza»

Ángel Zapata es profesor de Escritura Creativa en la Escuela de Escritores, y autor de La práctica del relato (1997), Las buenas intenciones y otros cuentos (2001), El vacío y el centro. Tres lecturas en torno al cuento breve (2002) y La vida ausente (2006). Tuvo a su cargo la edición de Escritura y verdad. Cuentos completos, de Medardo Fraile, y ha realizado la traducción de André Breton y los datos fundamentales del surrealismo, de Michel Carrouges. Su último libro Materia oscura se presentará el próximo viernes, día 6 de noviembre 2015, en la librería Cervantes y Compañía, a las 20:00 horas. Junto al autor estarán los escritores Carlos Castán y Vicente Gutiérrez y el editor de Páginas de EspumaJuan Casamayor.

Angel-Zapata

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La dificultad para encuadrar Materia oscura en uno de los géneros literarios o categorías académicas establecidas, ¿presupone, de principio, una actitud de rebeldía o de negación?

En realidad, Materia oscura es un libro escrito no contra los géneros, sino por fuera de los géneros. La cuestión de los géneros no es importante para mí. Me importa si cada acto de escritura consigue vehicular una intensidad y crear su propio plano de consistencia. Que eso, después, se ajuste más o menos a las clasificaciones establecidas por la teoría literaria es una cuestión secundaria.

Los textos de Materia oscura se caracterizan por la indeterminación. ¿Es porque, como indicas en la contracubierta del libro, son el resultado de pulsiones; pulsiones que, como Freud definió, «son seres míticos, grandiosos en su indeterminación»?

Es una asociación interesante. Freud dice, en efecto, que la pulsión no tiene objeto, sino finalidad. Y la finalidad de la pulsión es, simplemente, la descarga. En este sentido hay una contradicción de base entre pulsión y texto, puesto que todo texto organiza y elabora la descarga de lo pulsional –y en consecuencia la retarda y la atenúa-. Una pulsión convertida en texto ya no es pulsión pura, sino deseo. Pero aun así, me parece importante la diferencia entre una pulsión que se aviene a circular a través de los textos del Otro, y una pulsión que –aun aceptando devenir palabra, lenguaje- no pierde su carácter de desencadenamiento, y se expresa como una violencia fértil que instaura sus propios códigos y produce a partir de ellos sus propios efectos de significación. Como estos efectos no son directamente traducibles al lenguaje del Otro, se puede dar, sí, esa «indeterminación» de la que hablas a propósito de Materia oscura. Pero a la oscilación en el orden del significado le corresponde aquí -o al menos así lo espero- un plus en el plano de lo real, es decir: una capacidad para afectar más directamente esas «zonas» refractarias a la codificación que viven en estado de latencia en la sensibilidad de los lectores. Todos tenemos la experiencia de esos textos que «nos tocan» aunque no sepamos lo que «dicen». O hasta que nos tocan precisamente porque dicen algo que cae fuera del saber.

¿Sueles encontrar «frases azarosas»?

Es peor que eso: estoy convencido de que casi todas las frases lo son.La escritura como deriva, como hecho pasional, como extravío, como perturbación… Explícanos.Pues creo que tu enumeración es ya muy expresiva y sugerente, y cualquier explicación que diera no iba a mejorarla.

«¿Quién soy yo? », así comienza Nadja, de André Breton, ¿es esta tu búsqueda?

No, creo que no. O creo, por lo menos, que no lo es ya. La cuestión de la identidad –que sí era acuciante para mí hace unos años- la abordé en el espacio de un libro teórico: El vacío y el centro. En Materia oscura, en cambio, creo que el “yo” no tiene carta de ciudadanía, y en estos textos toma la palabra lo anónimo, lo extraño, lo extranjero, el afuera que soy, la exterioridad donde no puedo sino desconocerme.

Como profesor en la Escuela de Escritores de Madrid, cuando reniegas de la trama, de la estructura, de la literatura… ¿tus alumnos dan gritos, tipo: «¡Anatema!, ¡anatema!»?

Es que como profesor no quiero renegar de nada de eso, puesto que en el momento en que doy clase me atengo a la tarea de enseñar un arte, y enseñarlo con todas sus consecuencias. Sólo en los grupos tutoriales, cuando l@s alumn@s ya están preparando su primer libro, cabe preguntarse si lo que convencionalmente entendemos por estructura, trama o incluso “literatura”, responde verdaderamente a la cualidad de su experiencia sensible y a sus necesidades de expresión.

El humor que impregna relatos tan extraordinarios como Cosmogonía y Atormentad al león, hasta que pida la muerte llorando, tiene como protagonistas a Dios y a Jesús… Desde el punto de vista de un ateo, ¿qué representan estos personajes?

No lo sé. Yo tuve, como tanta gente en este país, una educación católica en la infancia. Y quizá por eso los iconos de la religión son figuras vivas y pregnantes en mi inconsciente. Hay un verbo francés, “hanter”, que significa al mismo tiempo “frecuentar” y “aparecerse a alguien” (como lo hacen los fantasmas). Yo no soy creyente, en efecto. Pero, un poco como Buñuel, me reconozco “hanté” por estos personajes y estas cuestiones.

La literatura actual, digamos oficial, se cierra en un realismo academicista y ramplón. En lugar de desintegrar lo establecido, lo apuntala. ¿Se ha producido una fuerte involución en la escritura?; ¿los escritores son cada vez más estúpidos? O, tal vez, ¿más afines al sistema?

La gran mayoría de l@s escritor@s de ahora son el resultado de ese engendro socio-histórico que es la clase media española. Una clase media sin tradición, sin estatus real de clase media, sin patrimonio, sin privilegios y sin dinero, pero que aun así (o quizá por ello) asume hasta los tuétanos la ideología que le sirve la clase dominante. Obviamente, la narrativa que hace esta clase es una narrativa plana, infantil, corroborativa, insulsa, cuya cerrazón sobre una normalidad mostrenca y una sensibilidad estandarizada traduce su situación pasiva de clase-tapón, sin vida, sin futuro y sin esperanza. Quiero decir con esto que en la literatura española actual me interesan solo las excepciones. Y hay unas cuantas excepciones formidables, qué duda cabe.

¿Qué opinión te merece el nuevo orden mundial: el capitalismo patrimonial, la gran divergencia, las plutocracias, el gansterismo financiero…?

Pues en cierto sentido me merece una opinión favorable, porque hay que reconocer que los criminales y los canallas están haciendo su trabajo a las mil maravillas. La cuestión es qué estamos haciendo nosotros, por qué se lo permitimos. No sé. Yo no puedo pensar de otro modo que como heredero de la Ilustración, la Revolución Francesa, el Romanticismo… Y me deja atónito el fatalismo hindú que observo en tanta gente. ¿De verdad vamos a aceptar como corderitos la situación de indignidad, esclavitud y miseria a la que ya están empujándonos? ¿Es eso lo que toca? Espero que no, desde luego. Y espero que esta “materia oscura” en que ahora estamos atrapados sea nada más que una situación transitoria.

 

 

 

A SIMPLE VISTA, DETECTA UNA EROSIÓN EXTRAORDINARIA

Un llanto en hilachas sale por todas las chimeneas, le hacemos descender sirviéndonos de espejos, le tomamos el pulso, tiene un pulso normal. “Se cansará, antes o después se cansará”, dice la gente de corazón duro. Pero no, no se cansa, más bien sucede lo contrario. El llanto trepa por las fachadas, envenena el azúcar de las despensas, al final recurrimos a la máquina de empaquetar ojos de vidrio y no hay forma: no puede con él.

El tiempo pasa. Poco a poco se obliga a los niños a llorar desde más dentro. “Desde mucho más dentro”, les decimos.

(Y luego, en voz muy baja: “así, así”…).

De manera que el llanto, un día, no desiste del todo pero reagrupa sus hilachas, se vuelve elástico, somero, es un llanto que por fin se nos parece, un guijarro lo bastante plano rebotaría por su superficie.

Y rebota.

Es así como ocurre. Las chimeneas se derrumban. La altura deja de latir. El guijarro rebota. Luego se hunde. Y en el instante en el que toca fondo, la Tierra se cubre de helechos.

Ya está, ya hay millones de helechos.

Y de no haberlos, el desenlace cambiaría poco.

Siempre es lo mismo: no imaginamos la aspereza, para qué. A las rocas que de un modo inevitable se adhieren al cuerpo les damos nombres de ciudades, las aplacamos, decimos: “la roca Atalaya”, “la roca Puerto”… Pero esto lo hacemos maquinalmente, lo hacemos sin pensar: si un día se tratara de pensar no haríamos nada.

(Cuento perteneciente al libro Materia oscura, de Ángel Zapata, Editorial Páginas de Espuma)

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